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	<title>daudet &amp;laquo; WordPress.com Tag Feed</title>
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	<description>Feed of posts on WordPress.com tagged "daudet"</description>
	<pubDate>Fri, 04 Dec 2009 06:49:30 +0000</pubDate>

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	<language>en</language>

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<title><![CDATA[Table ronde le 18 mai au Collège Alphonse Daudet d'Alès]]></title>
<link>http://maisiaffinites.wordpress.com/2009/05/09/table-ronde-le-18-mai-au-college-alphonse-daudet-dales/</link>
<pubDate>Sat, 09 May 2009 22:07:46 +0000</pubDate>
<dc:creator>maisiaffinites</dc:creator>
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<description><![CDATA[]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p><img class="aligncenter size-full wp-image-132" title="sos debat" src="http://maisiaffinites.wordpress.com/files/2009/05/sosdebat.jpg" alt="sos debat" width="470" height="666" /></p>
</div>]]></content:encoded>
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<title><![CDATA[Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert. Guy de Maupassant.]]></title>
<link>http://algundiaenalgunaparte.wordpress.com/2009/05/08/todo-lo-que-queria-decir-sobre-gustave-flaubert-guy-de-maupassant/</link>
<pubDate>Fri, 08 May 2009 06:34:59 +0000</pubDate>
<dc:creator>Alguien</dc:creator>
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<description><![CDATA[Título: Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert. | Autor: Guy de Maupassant. | Traducción: M]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;"><strong><img class="alignleft" style="border:0;" title="Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert. Guy de Maupassant." src="http://farm4.static.flickr.com/3303/3512447344_a61b5c087e_o.jpg" alt="" width="155" height="219" />Título</strong>: <em>Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert.</em> &#124; <strong>Autor</strong>: <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Guy_de_Maupassant" target="_blank">Guy de Maupassant</a>. &#124; <strong>Traducción</strong>: Manuel Arranz. &#124; <strong>Editorial</strong>: <a href="http://www.editorialperiferica.com/" target="_blank">Periférica</a>. &#124; <strong>Colección</strong>: Pequeños tratados. &#124; <strong>ISBN</strong>: 978-84-936926-2-9 &#124; <strong>Precio</strong>: 14 € &#124; <strong>Páginas</strong>: 136.  &#124; <a href="http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/guydemaupassant.pdf" target="_blank">Prólogo del traductor en PDF</a></span></p>
<p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;">Siguiendo el loable itinerario de publicaciones que la <a href="http://www.editorialperiferica.com/" target="_blank">Editorial Periférica</a> viene revalidando desde su creación, han sido recuperados en ”<a href="http://www.letraslibres.com/index.php?art=13810" target="_blank"><em>Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert</em></a><em>”</em> dos ensayos que Guy de Maupassant escribió, en 1884 y en 1890, acerca de quien fue su maestro y amigo. El primero de estos ensayos se divide a su vez en dos textos de notable interés. En primer lugar el extenso prefacio aparecido en las “<strong><em>Lettres de Gustave Flaubert à George Sand</em></strong>”, que se publicaron en <em>Ediciones Charpentier</em>, y en el cual Maupassant comienza por trazar una semblanza biográfica donde no faltan anécdotas recogidas en otros artículos, como la del tardío aprendizaje en la lectura de quien llegó a convertirse en uno de los escritores esenciales de la literatura contemporánea, o su desagrado, ya adulto, hacia el movimiento en general -«Sólo se puede pensar y escribir sentado»-. Después de analizar de manera tan concisa como lúcida las obras más importantes de Flaubert, Maupassant subdivide nuevamente la parte primera de la primera parte -no se preocupen, no se hallan en la noche operística de los hermanos Marx- en dos últimas partes (de la primera parte).</span></p>
<p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;"><a href="http://www.solodelibros.es/06/04/2009/todo-lo-que-queria-decir-sobre-gustave-flaubert-guy-de-maupassant/" target="_blank">Por un lado nos ofrece algunas de las notas</a> que Flaubert iba tomando en torno a la <strong>estupidez humana</strong>, las cuales había ido clasificando bajo encabezamientos variopintos como Filosofía, Moral, Religión, Estética o Ejemplos de estilo. En este último grupo, podemos leer en Estilo de los Soberanos, frases tan jugosas como «<strong>La riqueza de un país depende de la prosperidad general</strong>» (Louis Napoleon); en Estilo Católico: «Las inundaciones del Loira se deben a los excesos de la prensa y al hecho de no cumplir con las fiestas de guardar» (Obispo de Metz). No faltan tampoco ejemplos suculentos en Meteduras de Pata Históricas o en Ideas Científicas:</span></p>
<p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;">Las mujeres en Egipto se prostituían públicamente para los cocodrilos» (Proudhon) o «Al melón la naturaleza lo ha dividido en rajas con el fin de que pueda ser comido en familia; la calabaza, al ser más gruesa, puede comerse con los vecinos» (Bernardin de Saint-Pierre).</span></p>
<p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;"><strong>Plan de relato</strong>. En cuanto a la última parte (no contratante) de la primera parte, está dedicada al plan de un relato que Flaubert pensaba incluir en su volumen de la antología del disparate.</span></p>
<p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;"><img class="alignright" style="border:0;" title="Guy de Maupassant." src="http://farm4.static.flickr.com/3609/3511660049_3edc4bdfdf_m.jpg" alt="" width="181" height="240" />En la parte final del primer ensayo (es decir, la última parte de la segunda parte de la primera parte), Maupassant nos habla del Flaubert artista. Tras argumentar que no todo escritor puede ser considerado como un artista, teoriza acerca del «éxtasis que pueden proporcionarnos determinadas obras de Baudelaire, de <strong>Victor Hugo</strong>, de Leconte de Lisle», e incide en la obsesión de Flaubert por el Estilo: para el genio de Rouen, sólo existía una manera de definir un acontecimiento cualquiera, al cual correspondía, de entre todos los verbos, adjetivos o sustantivos existentes en la lengua francesa, uno solo, explícito e insustituible, susceptible de representar de modo absolutamente fidedigno la escena de rigor. Esta casi enfermiza meticulosidad de Flaubert a la hora de rastrear el vocablo exacto, único, y no aceptar nunca un sinónimo -los epítetos constituían su debilidad-, explica esa mezcla de tormento pasional y de respetuosa dignidad que para él representaba sentarse frente a su mesa de trabajo: «se ponía a escribir, lentamente, deteniéndose cada poco, volviendo a empezar, tachando, corrigiendo, llenando los márgenes, escribiendo palabras del revés, emborronando veinte páginas para acabar una, gimiendo como un leñador por el penoso esfuerzo de su pensamiento».</span></p>
<p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;"><strong>Estupidez humana</strong>. Resulta particularmente interesante (en esta última parte de la segunda parte de la primera parte), la descripción de la cotidianeidad de Flaubert en su propiedad de Croisset, cerca de Rouen, donde el creador de <a href="http://algundiaenalgunaparte.wordpress.com/2008/03/12/madame-bovary-de-gustave-flaubert-una-tragedia-moderna/" target="_blank">Madame Bovary</a> pasaría la mayor parte de su vida, batallando con las palabras y con esa misantropía melancólica que siempre le caracterizó y que Maupassant atribuye a su constante comprobación de la estupidez humana. Tuvo sin embargo Flaubert grandes amigos, a los que recibía, cuando se hallaba en París, en su salón dominical: Turguéniev, Daudet, Zola, Goncourt y tantos otros.</span></p>
<p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;"><strong>La segunda parte del libro</strong> está constituida por un solo texto breve que fue publicado en noviembre de 1890 en “<em>L&#8217;Écho de Paris</em>”, y que empieza de la siguiente manera: «He publicado ya todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert como escritor. Hablaré ahora un poco del hombre, pero como a él no le gustaban las revelaciones de ninguna clase, no haré ninguna indiscreta». Efectivamente, no encontraremos en esta póstuma evaluación de la vida privada de Flaubert no sólo la menor indiscreción sino esencialmente la aseveración de Maupassant de que la vida del Artista había sido tan completa en sí misma que apenas había dejado lugar al Hombre: «Estuvo durante toda su vida dominado por una única pasión y dos amores: la pasión fue la prosa francesa; uno de los amores su madre, el otro los libros».</span></p>
<p style="text-align:justify;"><span style="font-size:10pt;font-family:Arial;">Si se hallan ustedes entre los incondicionales de Flaubert, este doble ensayo les resultará de una exquisitez vivificante; si, además, Maupassant figura entre sus escritores, si no de cabecera al menos de <em>chaise-longue</em>, el placer literario les queda garantizado.</span></p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[A. Daudet / La chèvre de M. Seguin]]></title>
<link>http://voixhaute.fr/2009/01/25/a-daudet-la-chevre-de-m-seguin/</link>
<pubDate>Sun, 25 Jan 2009 12:00:25 +0000</pubDate>
<dc:creator>ateliersvh</dc:creator>
<guid>http://voixhaute.fr/2009/01/25/a-daudet-la-chevre-de-m-seguin/</guid>
<description><![CDATA[]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p><!-- SlideShare error: doc is missing or has illegal characters /[^-_a-zA-Z0-9]/ --></p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
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<title><![CDATA[O Mau Zuado]]></title>
<link>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/24/o-mau-zuado/</link>
<pubDate>Tue, 24 Jun 2008 17:44:30 +0000</pubDate>
<dc:creator>Snaga</dc:creator>
<guid>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/24/o-mau-zuado/</guid>
<description><![CDATA[O forte ferreiro Lory, de Santa Maria das Minas, não estava contente naquela noite. Habitualmente, t]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p>O forte ferreiro Lory, de Santa Maria das Minas, não estava contente naquela noite.</p>
<p>Habitualmente, tão logo apagada a forja, posto o sol, ele se sentava num banco diante da porta, para saborear essa boa lassidão que dá o peso do trabalho e do dia quente, e, antes de dispensar os aprendizes, bebia com eles grandes goles de cerveja fresca, olhando a saída das fábricas. Mas naquela tarde o bom homem permaneceu na forja, até o momento de se pôr à mesa; e ainda o fez a contragosto. A velha Lory, observando-o, pensava:</p>
<p>— Que lhe estará acontecendo?&#8230; Provavelmente recebeu do regimento alguma notícia má, que não quer me dizer&#8230; Nosso filho mais velho talvez esteja doente&#8230;</p>
<p>Contudo, ela nada ousava perguntar, e se ocupava apenas em fazer calar três crianças louras, da cor de espigas queimadas, que riam em torno da toalha, mastigando uma boa salada de rabanetes negros com creme.</p>
<p>Por fim o ferreiro pousou seu guardanapo, colérico:</p>
<p>— Ah! que mendigos! Ah! que canalhas!&#8230;</p>
<p>— Que tens tu, Lory?</p>
<p>Ele explodiu:</p>
<p>— Que tenho? É que cinco ou seis palhaços andam a rodar desde manhã pela cidade, vestidos de soldados franceses, de braço dado com os bávaros&#8230; E ainda por cima com aqueles que&#8230; como se diz isso?&#8230; optaram pela nacionalidade prussiana&#8230; E dizer que todos os dias vemos voltar esses falsos alsacianos!&#8230;<br />
A mãe tentou defendê-los:</p>
<p>— Que queres, meu pobre homem? Não é totalmente culpa desses moços&#8230; É tão longe essa Argélia da África, para onde os mandam!&#8230; Eles sofrem do “mal do país distante”; e a tentação de voltar, de não serem mais soldados, é bem forte entre eles&#8230;</p>
<p>Lory deu um grande murro na mesa:</p>
<p>— Cala-te, mãe!&#8230; Vocês, mulheres, não entendem nada. À força de viver sempre com as crianças e exclusivamente para elas, reduzem tudo à medida da criançada&#8230; Pois bem, digo-te que aqueles homens são ordinários, renegados, os últimos dos covardes. Se por infelicidade nosso Cristiano fosse capaz de semelhante infâmia, tão verdade como me chamo Georges Lory e servi sete anos nos caçadores da França, eu o atravessaria com o meu sabre.</p>
<p>E terrível, meio erguido, o ferreiro mostrava o longo sabre de caçador pendurado à parede, por baixo do retrato do filho, um retrato de zuavo, tirado longe, na África; mas, ao ver essa honesta feição de alsaciano, toda negra e curtida de sol, nessas alvuras, nesse diluir-se das cores vivas à luz intensa, isto o acalmou subitamente, e ele se pôs a rir:</p>
<p>— Sou tolo de perder a cabeça&#8230; Como se nosso Cristiano pudesse pensar em se tornar prussiano, ele que sofreu tanto durante a guerra!&#8230;</p>
<p>Reposto no bom humor por essa idéia, o bom homem acabou de jantar alegremente e se foi, logo depois, esvaziar um par de chopes no “Cidade Strasbourg”.</p>
<p>Agora a velha Lory está sozinha. Depois de ter deitado os três lourinhos que chilreiam no quarto do lado, como um ninho que adormece, ela retoma seu trabalho diante da porta, do lado dos jardins. De vez em quando, suspira e pensa: “Sim, concordo. São covardes, renegados&#8230; mas não importa! Suas mães são bem felizes de os reaverem”.</p>
<p>Ela se lembra do tempo em que seu filho, antes de partir para se engajar no exército, estava ali, nessa mesma hora do dia, começando a cuidar do jardinzinho. Ela olha para o poço onde ele vinha encher os regadores, de blusa, os cabelos longos, os belos cabelos que lhe tinham cortado ao entrar para os zuavos&#8230;<br />
De súbito, ela estremece. A portinhola do fundo, aquela que dá para os campos, está aberta. Os cães não latiram; entretanto, aquele que acaba de entrar renteia os muros, como um ladrão, insinua-se entre as colméias&#8230;</p>
<p>— Bom-dia, mamãe!</p>
<p>Seu Cristiano está de pé diante dela, com o uniforme em desordem, envergonhado, confuso, a língua presa. O infeliz voltara ao país com os outros; há uma hora, perambula em torno da casa, esperando a saída do pai, para entrar. Ela queria censurá-lo, mas não tem coragem. Há tanto tempo não o vê, que nem o abraça! Em seguida ele lhe dá tão boas razões: que se aborrecia distante da região, da forja, de viver sempre longe deles; e com isso a disciplina tornada mais dura, ao lado de companheiros que o chamavam “prussiano”, por causa do seu acento da Alsácia. Em tudo que ele diz, ela crê. Não precisa senão olhar, para crer.<br />
Sempre conversando, eles entraram na sala baixa. Os pequenos, despertados, acorrem, pés nus, em camisa, para abraçar o irmão grande. Querem fazê-lo comer, mas ele não tem fome. Somente sede, sempre sede, e bebe grandes goles d’água, em cima de todas as rodadas de cerveja e vinho branco de que se serviu desde manhã no botequim.</p>
<p>Mas alguém caminha no pátio. É o ferreiro que volta.</p>
<p>— Cristiano, teu pai está chegando. Depressa, esconde-te, para que eu tenha tempo de lhe falar, de explicar-lhe&#8230;</p>
<p>Ela o empurra para trás do grande fogão de faiança, depois se põe a coser, com as mãos trêmulas. Por infelicidade, a túnica vermelha do zuavo ficou em cima da mesa, e é a primeira coisa que Lory vê ao entrar. A palidez da mãe, seu embaraço&#8230; Ele compreende tudo.</p>
<p>— Cristiano está aqui!&#8230; — diz, com voz terrível.</p>
<p>Arranca o sabre com um gesto louco, e se precipita para o fogão onde o zuavo está enfurnado, lívido, dissipada a bebedeira, apoiando-se à parede, de medo de cair. A mãe se lança entre eles:</p>
<p>— Lory, Lory, não o mates&#8230; Fui eu que lhe escrevi, que voltasse, que tu tinhas necessidade dele na forja&#8230;</p>
<p>Ela se aferra ao seu braço, se arrasta, soluça. No escuro do quarto, as crianças gritam ao ouvir essas vozes encolerizadas e lacrimosas, tão alteradas que não as reconhecem mais&#8230; O ferreiro se detém, e olhando para a mulher:</p>
<p>— Ah! foste tu que o fizeste voltar&#8230; Então, está bem; que ele se vá deitar. Verei amanhã o que tenho de fazer.</p>
<p>No dia seguinte, despertando de um pesado sono cheio de pesadelos e de terrores sem causa, Cristiano encontrou-se em seu quarto de criança. Através das pequenas vidraças enquadradas de chumbo, entrançadas de florida trepadeira, o sol já estava quente e alto. Embaixo os malhos soavam na bigorna. A mãe está à sua cabeceira. Ela não o deixara durante a noite, tanto a amedrontava a cólera de seu marido. O velho, igualmente, não se deitara. Até pela manhã caminhara pela casa, chorando, suspirando, abrindo e fechando armários. No momento, eis que entra no quarto do filho, gravemente, vestido como que para uma viagem, com altas perneiras, o largo chapéu e o bastão de montanha, sólido e ferrado na ponta.</p>
<p>Avança direito para a cama:</p>
<p>— Vamos, de pé!.. Levanta-te!</p>
<p>O rapaz, um tanto confuso, quer apanhar suas roupas de zuavo.</p>
<p>— Não, isto não&#8230; — diz o pai severamente.</p>
<p>E a mãe, toda temerosa:</p>
<p>— Mas, meu amigo, ele não tem outras.</p>
<p>— Dá-lhe as minhas&#8230; Não tenho mais necessidade delas.</p>
<p>Enquanto o filho se veste, Lory dobra cuidadosamente o uniforme, o colete, as grandes calças vermelhas. Feito o pacote, passa em torno do pescoço o estojo de estanho onde está o roteiro&#8230;</p>
<p>— Agora, desçamos!</p>
<p>E os três descem à forja, sem falar. O fole ronca; toda a gente está no trabalho. Revendo o amplo galpão aberto, no qual pensava tanto quando estava longe, o zuavo se lembra da infância e de quanto ali brincou, entre o calor da estrada e as faíscas da forja, muito brilhantes na poeira negra. Toma-o um acesso de ternura, um grande desejo de obter o perdão do pai; mas, levantando os olhos, encontra sempre um olhar inexorável.</p>
<p>Enfim, o ferreiro se decide a falar:</p>
<p>— Rapaz, eis a bigorna, as ferramentas&#8230; Tudo isto é teu&#8230; E tudo isso também! — e mostra-lhe o jardinzinho que se abre lá embaixo no fundo, cheio de sol e de abelhas, no quadro enfumaçado da porta. — As colméias, a vinha, a casa, tudo te pertence. Uma vez que sacrificaste tua honra a estas coisas, é bom que pelo menos as conserves. És o dono aqui&#8230; Quanto a mim, vou-me embora&#8230; Deves cinco anos à França; vou pagá-los por ti.</p>
<p>— Lory, Lory, aonde vais? — grita a pobre velha.</p>
<p>— Pai!&#8230; — suplica o filho.</p>
<p>Mas o ferreiro já partiu, em largas passadas, sem se voltar.</p>
<p>Em Sidi-bel-Abbés, na sede do 3º de zuavos, encontra-se desde alguns dias um engajado voluntário de cinqüenta e cinco anos de idade.</p>
<p><strong>Alphonse Daudet<br />
</strong>Extraído do blog <a href="http://contosbemcontados.blogspot.com" target="_blank">Contos bem Contados</a></p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[As Fadas da França]]></title>
<link>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/24/as-fadas-da-franca/</link>
<pubDate>Tue, 24 Jun 2008 17:41:45 +0000</pubDate>
<dc:creator>Snaga</dc:creator>
<guid>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/24/as-fadas-da-franca/</guid>
<description><![CDATA[— Acusado, levante-se! — disse o presidente. Ocorreu um movimento hediondo no banco dos réus incendi]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p>— Acusado, levante-se! — disse o presidente.</p>
<p>Ocorreu um movimento hediondo no banco dos réus incendiários, e algo informe e tiritante veio apoiar-se contra a barra. Era um feixe de trapos, de buracos, de peças, de cordas, de velhas flores, de velhos penachos; por cima de tudo, um pobre rosto fanado, brunido, enrugado, maltratado, em que a malícia de dois pequenos olhos negros cintilava no meio das rugas, como um lagarto na fenda de um velho muro.</p>
<p>— Como se chama? — perguntaram-lhe.</p>
<p>— Melusina.</p>
<p>— Como disse?&#8230;</p>
<p>Ela repetiu gravemente:</p>
<p>— Melusina.</p>
<p>Sob o forte bigode de coronel dos dragões, o presidente teve um sorriso, mas continuou impassível:</p>
<p>— Idade?</p>
<p>— Não sei mais.</p>
<p>— Profissão?</p>
<p>— Eu sou fada!&#8230;</p>
<p>De espanto, o auditório, o conselho, o próprio comissário do governo, toda a gente, enfim, soltou uma grande gargalhada. Mas isso não a perturbou absolutamente, e com voz frágil, clara e cheia de trêmulos, que subia alto na sala e planava como uma voz de sonho, a velha retornou:</p>
<p>— Ah! as fadas da França! Onde estão elas? Todas mortas, meus bons senhores. Eu sou a última. Não resta mais nenhuma senão eu&#8230; Na verdade, é grande prejuízo, pois a França era bem mais bela quando ainda tinha fadas. Éramos a poesia do país, sua fé, sua candura, sua juventude. Todos os lugares que freqüentávamos — os fundos dos parques cheios de mataréu, as pedras das fontes, as pequenas torres dos velhos castelos, as brumas dos lagos, as grandes planícies pantanosas — recebiam de nossa presença algo de mágico e de imenso. À claridade fantástica das lendas, viam-nos passar um pouco por toda parte, arrastando as saias num raio de luar, ou correndo pelos prados, na extremidade das plantas. Os camponeses nos amavam, nos veneravam.</p>
<p>Nas imaginações ingênuas, nossas frontes coroadas de pérolas, nossas varinhas de condão, nossos bastões encantados, misturavam um pouco de temor à adoração. Nossas fontes, igualmente, permaneciam sempre claras. As charruas se detinham nos caminhos que guardávamos; e como inspirávamos o respeito pelo que era antigo — nós, as mais velhas do mundo — de um a outro extremo da França deixavam-se as florestas crescerem, as pedras se deslocarem por si mesmas.</p>
<p>Mas o século progrediu. As estradas de ferro vieram. Cavaram-se túneis, entulharam-se os lagos, cortaram-se tantas árvores, que bem depressa não sabíamos mais onde nos metermos. Pouco a pouco, os camponeses deixaram de acreditar em nós. À noite, quando batíamos nos postigos, Robin dizia: “É o vento”, e tornava a dormir. As mulheres vinham lavar roupa nos lagos. Desde então tudo se acabou para nós. Como não vivíamos senão da crença popular, perdendo-a, tínhamos perdido tudo. A virtude das nossas varas de condão esvaiu-se, e, de poderosas rainhas que éramos, transformamo-nos em velhas mulheres, enrugadas, malvadas como fadas esquecidas; com o pão para ganhar e mãos que não sabiam fazer nada, além disso.</p>
<p>Durante algum tempo, éramos encontradas nas florestas, arrastando cargas de lenha seca ou amontoando espigas à beira das estradas. Mas os florestais eram duros para nós, os camponeses nos atiravam pedras. Então, como os pobres que não encontram mais no que ganhar a vida na região, fomos procurar trabalho nas grandes cidades.</p>
<p>Algumas entraram nas fiações. Outras venderam maçãs de inverno, à entrada das pontes, ou objetos religiosos nas portas das igrejas. Empurrávamos diante de nós carrocinhas de laranjas, estendíamos aos passantes ramalhetes de um níquel, que ninguém queria, e os pequenos zombavam de nossos queixos trêmulos, e os sargentos da cidade nos faziam correr, e os ônibus nos atropelavam. Depois a doença, as privações, um lençol de hospital sobre a cabeça&#8230; E eis aí como a França deixou todas as suas fadas morrerem. Ela tem sido bem punida por isso!</p>
<p>Sim, sim! Riam, meus caros. Não obstante, acabamos de ver no que se torna um país que não tem mais fadas. Vimos todos esses camponeses gananciosos e sorridentes abrirem suas caixas de pão aos prussianos e lhes indicarem as estradas. Aí está! Robin não acreditava mais nos sortilégios; mas também não acreditava mais na pátria&#8230; Ah! se houvéssemos estado ali, nós outras, de todos esses alemães que entraram em França não sairia um vivo. Nossos duendes, nossos feios diabinhos os teriam conduzido pelos caminhos que se afundam na terra. Em todas as fontes puras que levavam nossos nomes, teríamos misturado beberagens encantadas que os teriam enlouquecido; e, em nossas reuniões, ao luar, com uma palavra mágica, teríamos confundido de tal forma as estradas, os rios, e entrançado tão bem espinhos, sarças, carrascais — essas partes baixas do bosque, onde eles iam sempre enroscar-se — que os olhinhos de gato do Sr. de Moltke não poderiam jamais reconhecê-los.</p>
<p>Conosco os camponeses teriam marchado. Grandes flores dos nossos lagos nos teriam dado bálsamo para os ferimentos, os fios da Virgem nos teriam servido de pensos; e, nos campos de batalha, o soldado, ao morrer, teria visto a fada do seu cantão inclinar-se sobre seus olhos semifechados, para lhe mostrar um canto de bosque, um trecho de estrada, alguma coisa que lhe lembrasse a terra natal. É com isto que se faz a guerra nacional, a guerra santa. Mas, ai de nós! Nos países que já não crêem, nos países que já não têm fadas, essa guerra não é mais possível.</p>
<p>Aqui a frágil voz delicada interrompeu-se por um momento, e o presidente tomou a palavra:</p>
<p>— Tudo isto não nos diz o que fazia a senhora com o petróleo encontrado em seu poder, quando os soldados a detiveram.</p>
<p>— Eu queimava Paris, meu bom senhor — respondeu a velha, muito tranqüilamente. — Eu incendiava Paris, porque a odeio, porque ela se ri de tudo, porque foi ela que nos matou. Foi Paris que enviou sábios para analisarem nossas belas fontes miraculosas, e dizerem exatamente o que entrava de ferro e de enxofre na sua composição. Paris zombou de nós nos teatros. Nossos encantamentos se tornaram truques; nossos milagres, divertimentos; e viram-se tantas caras abjetas ostentarem nossos vestidos cor-de-rosa, nossos carros alados, em meio ao luar e aos fogos de Bengala, que ninguém mais pensa em nós sem rir&#8230; Havia pequerruchos que nos conheciam pelos nomes, que nos amavam e nos temiam um pouco.</p>
<p>Mas, em lugar dos belos livros, enfeitados de ouro e de figuras, onde aprendiam nossa história, Paris agora lhes põe nas mãos a ciência ao alcance das crianças, grossos alfarrábios, de onde o aborrecimento remonta como poeira cinzenta e apaga nos pequeninos olhos os palácios encantados e os espelhos mágicos&#8230; Oh! sim, estou contente de os ver queimar, vossa Paris&#8230; Era eu que enchia as caixas dos incendiários, e eu própria que os conduzia aos lugares adequados: “Vão, meus filhos, queimem tudo, queimem, queimem&#8230;”</p>
<p>— Decididamente, essa velha é louca — disse o presidente. — Podem levá-la.</p>
<p><strong>Alphonse Daudet<br />
</strong>Extraído do blog <a href="http://contosbemcontados.blogspot.com" target="_blank">Contos bem Contados</a></p>
</div>]]></content:encoded>
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<title><![CDATA[A Mula do Papa]]></title>
<link>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/24/a-mula-do-papa/</link>
<pubDate>Tue, 24 Jun 2008 17:39:30 +0000</pubDate>
<dc:creator>Snaga</dc:creator>
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<description><![CDATA[Entre todos os ditados, provérbios ou adágios com que os nossos camponeses da Provença entremeiam su]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p>Entre todos os ditados, provérbios ou adágios com que os nossos camponeses da Provença entremeiam suas frases, não conheço nenhum outro mais pitoresco, nem mais original do que este. Numa extensão de quinze léguas ao redor do meu moinho, quando alguém se refere a um homem rancoroso, vingativo, costumam observar-lhe: “Cuidado com esse homem! É como a mula do papa, que guarda sete anos o seu coice”.</p>
<p>Durante muito tempo procurei a origem de tal provérbio, a fim de saber o que significava aquela mula papal e o coice guardado durante sete anos. Ninguém aqui soube esclarecer-me, nem mesmo Francet Mamai, tocador de pífaro, que conhece a fundo o legendário provençal. Francet supõe, como eu, que deve existir, envolvendo o ditado, alguma antiga crônica da região de Avinhão; mas não ouvira falar dela a não ser através do provérbio.</p>
<p>— O senhor só encontrará a explicação na biblioteca das Cigarras — observou o velho tocador de pífaro, rindo-se.</p>
<p>A idéia pareceu-me boa, e como a biblioteca das Cigarras fica perto de casa, lá me encerrei durante oito dias.</p>
<p>É uma maravilhosa biblioteca, admiravelmente instalada, aberta aos poetas dia e noite, e atendida por pequenos bibliotecários munidos de címbalos, que tocam música o tempo todo. Lá passei alguns dias deliciosos. Após uma semana de incessantes buscas, acabei descobrindo o que desejava, isto é, a história da mula e do famoso coice guardado durante sete anos. É um bonito conto, embora um tanto ingênuo, e vou experimentar narrá-lo tal como o li ontem de manhã num manuscrito cor do tempo, que rescendia a alfazema seca e tinha grandes fios da Virgem1 como sinetes.</p>
<p>Quem não viu Avinhão no tempo dos papas, nada viu. Não havia cidade que se lhe comparasse em animação, no esplendor das festas. De manhã à noite eram procissões, peregrinações, ruas juncadas de flores, forradas com longas tapeçarias, recepções de cardeais que chegavam pelo Ródano, flâmulas ao vento, galeras embandeiradas, soldados do papa que cantavam nas praças em latim, matracas dos irmãos mendicantes; depois, nas casas que se comprimiam, zumbindo em redor do grande palácio papal como abelhas em torno da colméia, ressoavam, de cima a baixo, o tique-taque dos teares de renda, o vaivém das lançadeiras tecendo o ouro das casulas, os pequenos martelos dos cinzeladores de galhetas, as pranchas de cordas afinadas nas oficinas dos fabricantes de instrumentos musicais, os cânticos das fiandeiras; e, acima de tudo, o badalar dos sinos e o rumor dos tamborins que vinha lá do outro lado da ponte. Pois entre nós, quando o povo está satisfeito, precisa dançar; e como nesse tempo as ruas da cidade eram demasiadamente estreitas para servir de palco à farândola, tocadores de pífaros e de tamborins postavam-se na ponte de Avinhão, e à fresca aragem do Ródano o povo dançava.</p>
<p>Ah! que bons tempos! que ditosa cidade! Alabardas que não feriam, prisões do Estado onde o vinho era colocado para refrescar. Nem carestia, nem guerra! Aí está como os papas do condado sabiam governar o povo; e aí está por que o povo tanto lamentou a ausência deles!</p>
<p>Havia sobretudo um, o bom velho chamado Bonifácio&#8230; Oh! quantas lágrimas foram derramadas em Avinhão, quando ele morreu! Era um príncipe tão amável, tão agradável! De cima de sua mula ele sorria para todos. E quando alguém passava a seu lado — fosse um pobre e insignificante apanhador de garança ou o importante juiz da cidade — dava-lhe a bênção com tanta cortesia! Um verdadeiro papa de Yvetot2, mas de um Yvetot provinciano, com algo malicioso no riso, um galhinho de manjerona no barrete e nenhuma Jeanneton3. A única preferência que se lhe conhecia era por sua vinha — uma pequena vinha que plantara com suas próprias mãos, a três léguas de Avinhão, entre as murtas de Châteauneuf.</p>
<p>Todos os domingos, ao sair das vésperas, o digno homem ia prestar-lhe homenagem; e lá, sentado ao sol, ao lado da mula, rodeado pelos cardeais estendidos junto aos troncos, ele mandava desarrolhar uma garrafa de vinho recente, do belo vinho cor de rubi, que foi chamado mais tarde Châteauneuf-du-Pape, e saboreava-o aos pequenos goles, fitando a vinha com ternura. Ao declinar do dia, esvaziada a garrafa, ele regressava alegremente para a cidade, seguido pelo capítulo. Quando passava pela ponte de Avinhão, no meio dos tambores e das farândolas, a mula, animada pela música, tomava uma andadura miúda e saltitante, enquanto ele marcava o compasso da dança com o barrete, o que muito escandalizava os cardeais, mas fazia o povo exclamar: “Ah! que bom príncipe! Ah! que ótimo Papa!”</p>
<p>Depois da vinha de Châteauneuf, o que o papa mais amava no mundo era a sua mula. Bonifácio era louco pelo animal. Todas as noites, antes de deitar-se, ia verificar se o estábulo estava bem fechado, se faltava alguma coisa na manjedoura, e nunca se levantava da mesa sem que mandasse preparar sob as suas vistas uma grande tigela de vinho, à francesa, com bastante açúcar e drogas odoríferas; e malgrado as observações dos cardeais, ele mesmo a levava para a mula.</p>
<p>É preciso observar que o animal merecia tais cuidados. Era uma bonita mula negra, mosqueada de vermelho, passo firme, pêlo brilhante, ancas largas e cheias, que sabia erguer altivamente a cabecinha fina, toda ajaezada de borlas, de laços, de guizos de prata e de fitas. Além disso, mais mansa do que um anjo, com olhos ingênuos e duas longas orelhas sempre em movimento, que lhe davam um ar bonacheirão. Avinhão inteira a respeitava, e quando ela passava pelas ruas não havia cortesias que não recebesse; pois todos sabiam que era a maneira mais segura de obterem favores na corte, e que, com o seu ar inocente, a mula do papa conduzira mais de uma pessoa aos braços da fortuna; aí estão Tistet Védène e sua prodigiosa aventura, para prová-lo.</p>
<p>No início, Tistet Védène era um rapazinho atrevido, a quem o próprio pai, o ourives Guy de Védène, fora obrigado a expulsar de casa, porque se recusava a trabalhar e desencaminhava os aprendizes. Durante seis meses viram-no perambular por todos os cantos de Avinhão, mas principalmente pelos lados do palácio papal; pois havia muito tempo que o patife deitara as vistas sobre a mula do papa, e veremos com que intenções malignas. Certo dia, quando Sua Santidade passeava sozinho no seu animal, sob os muros do pátio, Tistet Védène aborda-o e observa, juntando as mãos num gesto de admiração:</p>
<p>— Ah, meu Deus! Grande papa, que bela mula vós possuís! Permiti que a olhe um pouco&#8230; Ah! meu papa, que linda mula! nem o imperador da Alemanha tem outra igual!</p>
<p>E Tistet acariciava o animal e falava-lhe suavemente, como se fosse uma moça:</p>
<p>— Minha jóia, meu tesouro, minha pérola preciosa.</p>
<p>E o bom papa, comovido, dizia consigo mesmo: “Que bom rapazinho! Como é amável com a minha mula!”</p>
<p>E sabem o que aconteceu no dia seguinte? Tistet Védène trocou o velho paletó amarelo por uma alva de rendas, uma opa de seda violeta, sapatos de fivelas, e entrou no coro papal, onde antes dele só os filhos dos nobres e os sobrinhos dos cardeais tinham sido recebidos. Vejam só quanto pode a intriga!</p>
<p>Mas Tistet não se deu por satisfeito. Depois de entrar no serviço do papa, o malandro continuou a fazer o seu jogo, que tão bons resultados produzira. Insolente com todos, só reservava suas atenções e cortesias para a mula. Era sempre visto nos pátios do palácio, tendo nas mãos um punhado de aveia ou um molho de feno, cujas pencas cor-de-rosa delicadamente ele sacudia, enquanto fitava o balcão do Santo Padre, como se dissesse: “Então? Para quem é isso?”</p>
<p>Tanto fez, que finalmente o bom papa, que se sentia envelhecer, lhe deu a incumbência de cuidar do estábulo e de levar a tigela de vinho à francesa para a mula. Mas dessa vez os cardeais não acharam graça.<br />
Também a mula não achou graça&#8230; Agora, à hora do vinho, ela assistia à chegada de cinco ou seis pequenos sacristães do coro papal, que se metiam no meio da palha com suas opas e suas rendas. Pouco depois, um cheiro gostoso de caramelo e de especiarias enchia o estábulo, e Tistet Védène surgia trazendo com precaução a tigela de vinho à francesa. Então começava o martírio do pobre animal.</p>
<p>Tinham a crueldade de levar à sua manjedoura o vinho perfumado, que ela tanto apreciava, e de fazê-la cheirá-lo; depois, quando as suas narinas se impregnavam do aroma — adeus! O belo líquido cor de chamas rosadas descia inteirinho pela garganta daqueles patifes. Se apenas se limitassem a roubar-lhe o vinho&#8230; Porém, depois de terem bebido, os pequenos sacristães se transformavam em verdadeiros demônios: um lhe puxava as orelhas; o outro, a cauda; Quiquet montava-lhe nas costas; Béluguet punha-lhe o barrete na cabeça. E nenhum desses malandros imaginava que com um golpe de flanco, ou um coice, o pacífico animal poderia enviá-los à Estrela Polar, e até mais longe. Nada disso! Nunca se esquecia de que era a mula do papa, a mula das bênçãos e das indulgências.</p>
<p>Por mais que a atormentassem, ela não se zangava. Se guardava rancor, era apenas contra Tistet Védène. Quando percebia que este se encontrava à sua retaguarda, sentia cócegas no casco, e na verdade sobravam-lhe motivos para tanto. Aquele tratante Tistet pregava-lhe bem boas peças. Tinha invenções cruéis depois de beber&#8230; Pois não se resolveu um dia a obrigá-la a subir ao pequeno campanário do coro, lá em cima, bem em cima, no alto do palácio?</p>
<p>O fato que lhes relato não é anedota, dois mil provençais presenciaram-no. Imaginem o terror da desgraçada mula quando, após ter dado voltas durante uma hora inteira numa escada de caracol, quase às cegas, e tendo subido não sei quantos degraus, subitamente se encontrou numa plataforma ofuscante de luz. A mil pés abaixo, avistou um Avinhão fantástico, onde as barracas do mercado não eram maiores do que avelãs; os soldados do papa, postados diante da caserna, pareciam formigas vermelhas; e lá longe, sobre um fio de prata, equilibrava-se uma ponte microscópica, cheia de gente que dançava, dançava&#8230; Ah! Pobre animal! que pânico!</p>
<p>Todos os vidros do palácio tremeram com o berro que soltou.</p>
<p>— Que aconteceu? que lhe fizeram? — exclamou o bom papa, precipitando-se para o balcão.</p>
<p>Tistet Védène, que já regressara ao pátio, fingiu que chorava e arrancava os cabelos:</p>
<p>— Ah! Grande papa, o que aconteceu! Aconteceu que a vossa mula&#8230; Meu Deus! que será de nós?&#8230;</p>
<p>Aconteceu que a vossa mula subiu ao campanário.</p>
<p>— Sozinha?!</p>
<p>— Sozinha, sim, grande papa&#8230; Vede! Olhai para cima. Não vedes aparecendo lá a ponta de suas orelhas?</p>
<p>Dir-se-iam duas andorinhas!</p>
<p>— Misericórdia! — exclamou o pobre papa, erguendo os olhos. — Mas ela enlouqueceu! vai matar-se&#8230; Não quer descer daí, minha pobre!&#8230;</p>
<p>Ai dela! Não pedia outra coisa senão descer. Mas como fazê-lo? Não podia pensar na escada. Fora-lhe possível subir por uma coisa daquelas, mas se fosse descer, arriscava-se a quebrar cem vezes as pernas. A pobre mula afligia-se, e enquanto vagueava pela plataforma com seus grandes olhos cheios de vertigem, pensava em Tistet Védène: “Ah bandido! Se eu escapar desta, que coice você levará amanhã cedo!”</p>
<p>A idéia do coice dava-lhe um pouco de firmeza às pernas, sem o que ela não se agüentaria. Enfim, depois de um sem-número de peripécias, conseguiram retirá-la lá de cima. Foi preciso descê-la com um guindaste, cordas, uma padiola. E imaginem que humilhação para a mula de um papa ficar suspensa de tamanha altura, agitando as patas no vácuo, como um besouro na ponta de um fio&#8230; E Avinhão inteira que a contemplava!</p>
<p>O infeliz animal não dormiu nessa noite. Estava sob a impressão de continuar a dar voltas na maldita plataforma, enquanto a cidade se ria lá embaixo. E também pensava no infame Tistet Védène e no belo coice com que ela o brindaria na manhã seguinte. Ah! meus amigos, que coice! Até em Pampérigouste avistariam a fumaça.</p>
<p>Ora, enquanto a mula preparava a Tistet Védène uma bela recepção no estábulo, sabem o que fazia ele? Descia o Ródano numa galera papal, cantando, em direção à corte de Nápoles, em companhia dos jovens nobres que a cidade enviava todos os anos para junto da rainha Jeanne, a fim de exercitarem-se na diplomacia e nas boas maneiras. Tistet não era nobre, mas o papa fazia questão de recompensá-lo pelos cuidados que prodigalizava à mula, e principalmente pela atividade que ele desenvolvera durante o salvamento da mesma.</p>
<p>Bem que a mula ficou desapontada no dia seguinte. “Ah! bandido! Desconfiou de alguma coisa! — ponderou ela, sacudindo violentamente os seus guizos. — Não importa, malvado! Ao regressar, você encontrará o seu coice. Vou guardá-lo”. E assim o fez.</p>
<p>Depois da partida de Tistet, a mula da papa voltou à sua rotina tranqüila e retomou os antigos hábitos. Nem Quiquet nem Béluguet apareciam na estrebaria. Os belos dias do vinho à francesa retornaram, e com eles o bom humor, as longas sestas e o passinho de gavota ao passar pela ponte de Avinhão. Contudo, após a aventura do campanário, a cidade esfriara um pouco em relação à mula. Cochichavam quando ela passava, os velhos balançavam a cabeça e as crianças riam, apontando o campanário. O próprio papa não depositava em sua amiga a mesma confiança. Quando se permitia um cochilo às suas costas, ao regressar da vinha, fazia-o com certa prevenção: “Se eu fosse acordar lá em cima, na plataforma!” A mula observava tudo isso e sofria, sem nada dizer. Apenas, quando pronunciavam na sua frente o nome de Tistet Védène, suas compridas orelhas estremeciam, e com um risinho mau ela aguçava no calçamento o ferro dos seus cascos.</p>
<p>Assim transcorreram sete anos. Ao cabo desse tempo, finalmente Tistet Védène regressou da corte de Nápoles. Ainda não concluíra o seu estágio, mas soubera que o primeiro mostardeiro do papa acabava de falecer subitamente, em Avinhão. E como o posto lhe parecera bom, embarcara às pressas a fim de incorporar-se à fila dos candidatos.</p>
<p>Quando o intrigante Védène entrou no salão do palácio, o santo padre mal o reconheceu, tanto ele crescera e encorpara. É preciso dizer que o bom papa envelhecera bastante, e já não enxergava tão bem. Tistet não se intimidou:</p>
<p>— Como! Santo papa, não me reconheceis? Eu, Tistet Védène&#8230;</p>
<p>— Védène?</p>
<p>— Sim, bem sabeis&#8230; O rapaz que levava o vinho francês à vossa mula.</p>
<p>— Ah! sim&#8230; sim&#8230; lembro-me. Um bom rapazinho, esse Tistet Védène. E agora, que desejais de nós?</p>
<p>— Oh! pouca coisa, santo papa. Vim pedir-vos&#8230; A propósito, a vossa mula ainda está viva? E vai bem? Ah! tanto melhor! Eu vinha pedir-vos o lugar do primeiro mostardeiro, que acaba de morrer.</p>
<p>— Primeiro mostardeiro, tu! Mas és muito jovem. Que idade tens?</p>
<p>— Vinte anos e dois meses, ilustre pontífice, justamente cinco anos mais que a vossa mula&#8230; Ah! senhor, que bom animal! Se soubésseis como eu gostava da vossa mula, como senti saudades dela na Itália! Ser-me-á permitido vê-la?</p>
<p>— Sim, meu filho, tu a verás — respondeu o bom papa, comovido. — E já que estimas tanto esse bravo animal, não quero mais que vivas longe dele. De hoje em diante ficas a meu serviço na qualidade de primeiro mostardeiro. Meus cardeais protestarão, mas tanto pior, estou habituado. Vem procurar-nos amanhã, à saída das vésperas. Nós te entregaremos as insígnias da tua nova dignidade, na presença de nosso capítulo. Depois eu te levarei para ver a mula, e nos acompanharás à vinha. Ah! ah! ótimo!<br />
Não preciso dizer-lhes se Tistet Védène estava contente ao sair do salão, nem com que impaciência aguardou a cerimônia do dia seguinte. Contudo, havia no palácio alguém mais feliz e mais impaciente do que ele: era a mula. Desde o regresso de Védène até as vésperas do dia seguinte, o terrível animal não cessou de empanturrar-se de aveia e de bater na parede com os cascos traseiros. Também se preparava para a cerimônia.</p>
<p>E no dia seguinte, após terem sido rezadas as vésperas, Tistet Védène fez sua entrada no pátio do palácio papal. Todo o alto clero se encontrava presente: os cardeais em trajes vermelhos, o advogado do diabo vestido de veludo negro, os abades do convento com suas pequenas mitras, os provedores de Saint-Agricol, o coro com opas violetas, e também confrarias de penitentes, os eremitas do monte Ventoux com suas fisionomias fechadas, o pequeno clérigo atrás carregando a campainha, os irmãos flageladores, nus até a cintura, os sacristães vestidos com togas de juízes — todas, todos, até os doadores de água benta, e aquele que acende, e aquele que apaga, não faltava um só. Ah! Era uma bela ordenação! Sinos, foguetes, sol, música, e sempre aqueles danados tamborins que marcavam a dança, lá na ponte de Avinhão.</p>
<p>Quando Védène apareceu no meio da assembléia, seu garbo e sua bela presença fizeram perpassar um murmúrio de admiração. Era um magnífico provençal, dos louros, com longos cabelos de pontas frisadas e uma pequena barba caprichosa, que parecia feita com as lascas de metal precioso caídas do buril de seu pai, o ourives. Corriam rumores de que os dedos da rainha Joana tinham brincado algumas vezes com aquela barba loura; e efetivamente o senhor de Védène ostentava o ar glorioso e o olhar distraído dos homens que foram amados por rainhas. Nesse dia, a fim de honrar a sua terra, ele substituíra os trajes napolitanos por uma jaqueta com debruns cor-de-rosa, à provençal, e no seu chapéu tremulava uma grande pena de íbis de Camargue.</p>
<p>Depois de ter entrado, o primeiro mostardeiro cumprimentou com galhardia e dirigiu-se para o alto patamar onde o papa o aguardava para entregar-lhe as insígnias da sua nova dignidade: a colher de buxo amarelo e o hábito cor de açafrão. A mula permanecera ao pé da escada, toda ajaezada e pronta para seguir para a vinha. Ao passar perto dela, Tistet Védène sorriu-lhe amavelmente e deteve-se para dar-lhe dois ou três tapinhas amigáveis nas costas, enquanto observava com o canto do olho se o papa o estava vendo. O momento era propício. A mula tomou impulso: “Toma, bandido! Faz sete anos que o guardo para você!”<br />
E deu-lhe um coice tão violento, tão terrível, que até em Pampérigouste foi vista a fumaça, um turbilhão de fumaça loura onde voltejava uma pena de íbis, tudo quanto restava do infortunado Tistet Védène.</p>
<p>Habitualmente os coices das mulas não costumam ser tão fulminantes. Mas era uma mula papal, e além disso, pensem bem: ela o guardava havia sete anos!</p>
<p><strong>Alphonse Daudet<br />
</strong>Extraído do blog <a href="http://contosbemcontados.blogspot.com" target="_blank">Contos bem Contados</a></p>
<p><strong>Notas<br />
</strong>1 &#8211; Fils da la Vierge — fios escapados do fuso de Maria, segundo a imaginação popular. São produzidos por diversas aranhas nômades e que não fazem ninhos.<br />
2 &#8211; Yvetot — vila da França que foi antigamente capital de um pequeno reino. Em virtude de uma canção popular, o rei de Yvetot ficou na literatura como o tipo do rei bonacheirão.<br />
3 &#8211; Jeanneton — termo de gíria. Significa criada de albergue, de costumes fáceis.</p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[A Cabra do Senhor Séguin]]></title>
<link>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/24/a-cabra-do-senhor-seguin/</link>
<pubDate>Tue, 24 Jun 2008 17:35:39 +0000</pubDate>
<dc:creator>Snaga</dc:creator>
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<description><![CDATA[Ao Sr. Pierre Gringoire, poeta lírico em Paris. Tu serás sempre o mesmo, meu pobre Gringoire! Como! ]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p>Ao Sr. Pierre Gringoire, poeta lírico em Paris.</p>
<p>Tu serás sempre o mesmo, meu pobre Gringoire! Como! Oferecem-te um lugar de cronista em um bom jornal de Paris, e tu tens a petulância de recusar&#8230; Mas, olha-te, infortunado rapaz! Olha essa blusa esburacada, esses calções esfarrapados, essa face magra que apregoa a fome. Eis aí, portanto, aonde te conduziu a paixão das belas rimas! Eis o que te valeram dez anos de leais serviços nas páginas do senhor Apolo&#8230; Enfim, não tens vergonha?</p>
<p>Faze-te então cronista, imbecil! Faze-te cronista! Ganharás facilmente belos escudos, terás teu talher no Brébant e poderás exibir-te, nos dias de estréia, com uma pluma nova no barrete.</p>
<p>Não? Não queres? Pretendes permanecer livre à tua maneira, até o fim&#8230; Pois bem, escuta um pouco a história da cabra do Sr. Séguin. Verás o que se ganha em querer viver livre.</p>
<p>O Sr. Séguin nunca tivera sorte com suas cabras; elas arrebentavam a corda, fugiam para a montanha, e lá no alto o lobo as comia. Nem os carinhos do dono, nem o medo do lobo, nada as retinha. Eram, parece, cabras independentes, querendo a qualquer preço a amplidão e a liberdade. O estimável Sr. Séguin, que nada compreendia do caráter dos seus animais, estava consternado e dizia:</p>
<p>— É o fim. As cabras se aborrecem em minha casa. Não conservarei nenhuma delas.</p>
<p>Entretanto ele não se desencorajava, e depois de perder seis cabras do mesmo modo, comprou uma sétima; somente, desta vez, teve o cuidado de a prender enquanto muito nova, para que ela se habituasse melhor a permanecer em sua casa.</p>
<p>Ah! Gringoire, como era bonita a cabrinha do Sr. Séguin! Como era linda, com seus olhos doces, sua barbicha de sub-oficial, seus cascos negros e luzentes, seus cornos zebrados e seus longos pelos brancos, que a cobriam como uma sobrepeliz! Era quase tão encantadora quanto o cabritinho de Esmeralda — lembras-te, Gringoire? E, ademais, dócil, carinhosa, deixando-se ordenhar sem se agitar, sem meter os pés no balde. Um amor de cabrinha&#8230;</p>
<p>O Sr. Séguin tinha atrás de casa um curral cercado de plantas espinhentas. Foi lá que ele pôs a nova pensionista. Ligou-a com uma canga de madeira ao mais belo sítio do prado, tendo o cuidado de lhe deixar bastante corda. De vez em quando ia ver se ela se encontrava bem. A cabra se achava muito feliz, e pastava a erva de tão boa vontade, que o Sr. Séguin estava encantado.</p>
<p>— Enfim — pensava o pobre homem — eis aí uma que não se aborrecerá em minha casa!</p>
<p>O Sr. Séguin se enganava; a cabra aborreceu-se. Um dia ela disse para si mesma, contemplando a montanha:</p>
<p>— Como se deve estar bem lá em cima! Que prazer saltar entre a vegetação, sem esta maldita corda que esfola o pescoço da gente!&#8230; É bom para o burro ou para o boi, pastar num cercado!&#8230; As cabras necessitam de largueza.</p>
<p>A partir desse momento a erva do cercado lhe pareceu insípida. Sobreveio-lhe o tédio. Emagreceu. O leite diminuiu. Dava dó vê-la arrastar a corda o dia inteiro, a cabeça voltada para o lado da montanha, a venta aberta, fazendo “mé”&#8230; tristemente.</p>
<p>O Sr. Séguin notou logo que a cabra tinha qualquer coisa, mas não sabia o que era. Uma manhã, quando acabava de a ordenhar, a cabra voltou-se e lhe disse no seu patoá:</p>
<p>— Escute, Sr. Séguin, eu enlangueço em sua casa, deixe-me ir à montanha.</p>
<p>— Ah! Meu Deus!&#8230; Ela também! — gritou o sr. Séguin estupefato.</p>
<p>E com o susto deixou tombar o balde. Depois, sentando-se na relva ao lado de sua cabra:</p>
<p>— Como, Branquinha, queres deixar-me!</p>
<p>— Sim, Sr. Séguin.</p>
<p>— É pasto que te falta aqui?</p>
<p>— Oh! não, Sr. Séguin.</p>
<p>— Talvez estejas amarrada a distância curta demais. Queres que te alongue a corda?</p>
<p>— Não vale a pena, Sr. Séguin.</p>
<p>— Então, que é que te falta? Que queres?</p>
<p>— Quero ir para a montanha, Sr. Séguin.</p>
<p>— Mas, desgraçada, tu não sabes que há o lobo na montanha? Que farás quando ele vier?</p>
<p>— Dar-lhe-ei chifradas, Sr. Séguin.</p>
<p>— O lobo pouco se importa com teus chifres. Ele comeu cabritas muito mais chifrudas do que tu&#8230; Sabes da pobre velha Renaude, que estava aqui no ano passado, uma senhora cabra forte e malvada como um bode? Ela lutou com o lobo a noite inteira&#8230; depois, pela manhã, o lobo a comeu.</p>
<p>— Ai dela! Pobre Renaude!&#8230; Isso não importa, Sr. Séguin, deixe-me ir à montanha.</p>
<p>— Divina Providência!&#8230; — disse o Sr. Séguin. — Que acontece às minhas cabras? Outra mais que o lobo vai comer&#8230; Pois bem, não&#8230; Eu te salvarei, a teu pesar, velhaca! E, porque receio que rompas a corda, vou fechar-te no estábulo, e ali ficarás sempre.</p>
<p>Em seguida o Sr. Séguin levou a cabra para um estábulo todo escuro, cuja porta fechou com duas voltas da chave. Infelizmente, esquecera-se da janela; e, mal virou as costas, a pequena se foi&#8230;<br />
Tu ris, Gringoire? Santo Deus! Acredito; tu és do partido das cabras, e estás contra o bom Sr. Séguin&#8230; Vamos ver se rirás todo o tempo.</p>
<p>Quando a cabra branca chegou à montanha, foi um encantamento geral. Jamais os velhos pinheiros tinham visto nada assim tão lindo. Receberam-na como a uma pequena rainha. Os castanheiros se curvavam até o chão, para acariciá-la com a ponta de seus ramos. As giestas douradas se abriam à sua passagem e a cheiravam quanto podiam. A montanha inteira fez-lhe festa.</p>
<p>Imagina, Gringoire, como nossa cabra era feliz! Nada de corda, nada de canga&#8230; nada que a impedisse de pular, de pastar à sua maneira&#8230; E quanta erva havia lá! Até lhe ultrapassava os chifres, meu caro!&#8230; E que erva! Saborosa, fina, recortada, feita de mil plantas&#8230; Era muito diferente do capim do cercado. E as flores, então!&#8230; Grandes campânulas azuis, digitalis de púrpura, com longos cálices, toda uma floresta de flores selvagens, transbordando sucos capitosos.</p>
<p>A cabra branca, meio farta, espojava-se lá dentro com as pernas para o ar e rolava ao longo das encostas, de cambulhada com as folhas caídas e as castanhas. Em seguida saltava repentinamente e endireitava-se sobre as patas. Upa! Ei-la que partia, cabeça para a frente, através de cerrados e capoeiras, ora sobre um pico, ora no fundo de uma ravina, no alto, embaixo, por toda parte. Dir-se-ia haver dez cabras do Sr. Séguin na montanha.</p>
<p>É que a Branquinha não tinha medo de nada.</p>
<p>Ela franqueava de um salto grandes torrentes, que lhe atiravam à passagem poeira úmida de espuma. Então, toda gotejante, ia estender-se em alguma rocha plana e se fazia secar ao sol. Uma vez, avançando à beira de um planalto, com uma flor de citisa entre os dentes, vislumbrou lá embaixo, bem lá embaixo, na planície, a casa do Sr. Séguin com o cercado atrás. Isso a fez rir até as lágrimas.</p>
<p>— Como é pequeno! — disse ela. — Como pude permanecer lá dentro?</p>
<p>Pobrezinha! Ao ver-se empoleirada tão alto, acreditava-se pelo menos tão grande quanto o mundo.<br />
Em resumo, foi uma linda jornada para a cabra do Sr. Séguin. Pelo meio do dia, correndo à direita e à esquerda, ela caiu no meio de um bando de gamos que despedaçavam, para comer, uma vinha selvagem. Nossa pequena corredora, de roupa branca, causou sensação. Deram-lhe o melhor lugar na vinha, e todos esses senhores foram muito galantes&#8230; Parece mesmo — isto deve ficar entre nós, Gringoire — que um jovem gamo de pelagem negra teve a sorte de agradar a Branquinha. Os dois namorados se perderam entre o bosque, durante uma ou duas horas; e se quiseres saber o que disseram, vai perguntar às fontes tagarelas que correm invisíveis sob o musgo.</p>
<p>De repente o vento esfriou. A montanha se tornou violeta. Era a noite&#8230;</p>
<p>— Já! — disse a cabrinha, e se deteve muito espantada.</p>
<p>Embaixo, os campos estavam inundados de bruma. O cercado do Sr. Séguin desaparecia na penumbra, e da casinhola só se via o teto com um pouco de fumaça. Ela ouviu as campainhas de um rebanho que se recolhia, e sentiu a alma muito triste. Um corujão que voltava ao ninho a esfrolou com as asas, ao passar. Ela estremeceu&#8230; depois foi um brado na montanha:</p>
<p>— Uuuuu! Uuuuu!</p>
<p>Ela pensou no lobo; o dia inteiro a louca não tinha pensado nisso&#8230; No mesmo instante, uma trompa soou bem longe, no vale. Era esse bom Sr. Séguin, que tentava um último esforço.</p>
<p>— Uuuu! Uuuu! Uuuu! — fazia o lobo.</p>
<p>— Volta! Volta! — gritava a trompa.</p>
<p>Branquinha teve vontade de voltar, mas lembrando-se da canga, da corda, da cerca do curral, pensou que já agora não mais se podia afazer àquela vida, e que era melhor ficar.</p>
<p>A trompa não soou mais&#8230;</p>
<p>A cabra ouviu atrás de si um rumor de folhas. Voltou-se, e viu na sombra duas orelhas curtas, muito direitas, com dois olhos que reluziam&#8230; Era o lobo.</p>
<p>Enorme, imóvel, sentado sobre os quartos traseiros, estava ali, olhando para a cabrinha branca e saboreando-a por antecipação. Como sabia que a comeria, o lobo não se apressava; somente, quando ela se voltou, ele se pôs a rir maldosamente.</p>
<p>— Ah! Ah! A cabrinha do Sr. Séguin! — e passou a grossa língua vermelha sobre as beiçolas de cogumelo.</p>
<p>Branquinha sentiu-se perdida&#8230; Por instantes, lembrando-se da história da velha Renaude, que se tinha batido a noite toda para ser devorada pela manhã, disse para si mesma que talvez fosse melhor deixar-se comer imediatamente. Depois, tendo mudado de idéia, caiu em guarda, a cabeça baixa e o chifre para a frente, como corajosa cabra do Sr. Séguin que era. Não que tivesse esperança de matar o lobo — as cabras não matam o lobo — mas unicamente para ver se poderia resistir tanto tempo quanto a Renaude&#8230;</p>
<p>Então o monstro avançou, e os pequenos chifres começaram a dança.</p>
<p>Ah! a valente cabrinha, como lutava com todas as forças! Mais de dez vezes (eu não minto, Gringoire) ela forçou o lobo a recuar para retomar alento. Durante essas tréguas de um minuto, a gulosa colhia às pressas um brotinho da erva querida, depois retornava ao combate, com a boca cheia. Isso durou toda a noite. De quando em quando a cabra do Sr. Séguin olhava as estrelas dançarem no céu claro, e dizia consigo mesma:</p>
<p>— Oh! tomara que eu resista até a madrugada&#8230;</p>
<p>Uma após outra, as estrelas se extinguiram. Branquinha redobrou as chifradas, o lobo as dentadas&#8230; Um pálido clarão apareceu no horizonte&#8230; O canto enrouquecido do galo subiu de uma fazenda.</p>
<p>— Enfim! — disse o pobre animal, que não esperava senão pelo dia para morrer.</p>
<p>E ela estendeu-se por terra em sua bela pelagem branca, toda malhada de sangue&#8230; Aí o lobo se atirou sobre a cabrinha e a devorou.</p>
<p>Adeus, Gringoire!</p>
<p>A história que ouviste não é um conto de minha invenção. Se algum dia vieres à Provença, nossos caseiros te falarão freqüentemente da cabro de moussu Séguin, que se battègue touto la neui emé loup, e piei, lou loup la mangé — A cabra do Sr. Séguin, que se bateu toda a noite com o lobo, e depois, pela manhã, o lobo a devorou.</p>
<p>Ouves-me bem, Gringoire?</p>
<p>E piei, lou loup la mangé.</p>
<p><strong>Alphonse Daudet<br />
</strong>Extraído do blog <a href="http://contosbemcontados.blogspot.com" target="_blank">Contos bem Contados</a></p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[Provença]]></title>
<link>http://joanmolar.wordpress.com/2008/06/15/provenca/</link>
<pubDate>Sun, 15 Jun 2008 15:38:04 +0000</pubDate>
<dc:creator>joanmolar</dc:creator>
<guid>http://joanmolar.wordpress.com/2008/06/15/provenca/</guid>
<description><![CDATA[La Provença és un tros del Mediterrà on tothom hauria d&#8217;anar, al menys, una vegada a la vida. ]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p><a href="http://joanmolar.files.wordpress.com/2008/06/daudet.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-433" src="http://joanmolar.wordpress.com/files/2008/06/daudet.jpg" alt="" width="400" height="407" /></a></p>
<p>La Provença és un tros del Mediterrà on tothom hauria d&#8217;anar, al menys, una vegada a la vida. Potser no sapigueu qui és Alphonse Daudet, ni res del seu molí, però quan torneu de provença segur que tindreu més ganes de viure, plens com estareu de sol, de llum, de mar i de poblets maravellosos. En aquesta terra és fàcil viure. Hi ha petits hotels i restaurants arreu. Recordeu que a la Provença, com a tota França, abunden les cadenes hoteleres de baix cost, que ofereixen habitacions decents i familiars per pocs diners <a href="http://www.hotel-bb.com/">http://www.hotel-bb.com/</a>.  Aturevos a la Provença anant o tornant d&#8217;Itàlia, o aneu-hi expressament, perquè és un destí que no us decepcionarà. Viisteu les Baux, Arles, Aix, Roussillon, Senanque, Gordes, Avignon, Silvacane&#8230; i me&#8217;n deixo molts!. Web: <a href="http://www.provenceweb.fr/">http://www.provenceweb.fr/</a></p>
<p>La Provenza es un trozo del Mediterraneo donde todo el mundo deberia ir, al menos, una vez en la vida. Quizás no sepáis quien es Alphonse Daudet, ni nada de su molino, pero cuando volvais de Provenza seguro que tendréis más ganas de vivir, llenos como estaréis de sol, de luz, de mar y de pueblos maravellisos. En esta tierra es fácil vivir. Hay pequeños hoteles y restaurantes por todas partes. Acordaros que en la Provenza, como toda Francia, abundan las cadenas hoteleras de bajo coste, que ofrecen habitaciones decentes y familiares por poco dinero <a href="http://www.hotel-bb.com/">http://www.hotel-bb.com/</a>. Parad en la Provenza yendo o volviendo de Italia, o id expresamente, porque es un destino que no os decepcionarà. Viistad los Baux, Arles, Aix, Roussillon, Senanque, Gordes, Avignon, Silvacane&#8230; y me dejo muchos más!. Web: <a href="http://www.provenceweb.fr">http://www.provenceweb.fr</a></p>
<p> </p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[O Segredo de Mestre Cornille]]></title>
<link>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/04/o-segredo-de-mestre-cornille/</link>
<pubDate>Wed, 04 Jun 2008 15:46:45 +0000</pubDate>
<dc:creator>Snaga</dc:creator>
<guid>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/04/o-segredo-de-mestre-cornille/</guid>
<description><![CDATA[Francet Mamaï, um velho tocador de pífaro, que vem de vez em quando fazer serão em minha casa, beben]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p class="n">Francet Mamaï, um velho tocador de pífaro, que vem de vez em quando fazer serão em minha casa, bebendo vinho aquecido, contou-me outra noite um pequeno drama de aldeia, do qual meu moinho foi testemunha, há coisa de vinte anos. O relato do bom homem comoveu-me, e eu vou tentar repeti-lo tal como o ouvi.</p>
<p class="n">Imaginai por um momento, caros leitores, que estais sentados diante de um púcaro de vinho bem perfumado, e que é um velho tocador de pífaro quem vos fala:</p>
<p class="n">“Nossa região, meu bom senhor, não foi sempre um sítio morto e sem canções, como é hoje. Antigamente, havia aqui um ativo comércio de farinha, e, de dez léguas ao redor, os granjeiros nos traziam seu trigo para moer&#8230; Por toda a parte, à volta da aldeia, as colinas estavam cobertas de moinhos de vento. À direita e à esquerda, só se viam asas que volteavam ao sopro do mistral(1), acima dos pinheiros, filas de burricos carregados de sacos, subindo e descendo ao longo dos caminhos; e a semana inteira era o prazer de ouvir o estalido dos chicotes, o ruído seco do tecido dilacerado e o Dia hue!(2) dos ajudantes do moleiros&#8230; Aos domingos, íamos em bandos aos moinhos. Lá no alto, os moleiros pagavam o muscat (3). As moleiras eram belas como rainhas, com seus fichus de rendas e suas cruzes de ouro. Eu levava o meu pífaro, e até a altas horas da noite dançavam-se farândolas. Aqueles moinhos, como o senhor vê, eram a alegria e a riqueza da nossa terra.</p>
<p class="n">“Infelizmente, franceses de Paris tiveram a idéia de estabelecer uma moagem a vapor, na estrada de Tarascon. Tudo belo, tudo novo! O povo tomou o hábito de enviar o trigo aos novos moageiros, e os pobres moinhos de vento ficaram sem trabalho. Durante algum tempo, tentaram lutar, mas o moinho a vapor foi o mais forte, e, um após outro, pobrezinhos! Foram todos obrigados a fechar&#8230; Não se viu mais virem os burrinhos&#8230; Nada de vinho! Nada de farândolas!&#8230; O mistral soprava forte, as asas permaneciam imóveis&#8230; Depois, um belo dia, a municipalidade mandou demolir todas essas ruínas, e semearam-se em seu lugar vinha e oliveiras.</p>
<p class="n">“Entretanto, em meio à derrocada, um moinho se havia mantido e continuava a girar corajosamente, sobre a colina, nas barbas dos moageiros. Era o moinho de Mestre Cornille, este mesmo onde estamos fazendo o serão, neste momento.</p>
<p class="n">“Mestre Cornille era um velho moleiro. Havia sessenta anos vivia metido na farinha e enraivecido por essa situação. A instalação das moagens a vapor tinha-o deixado como louco. Durante oito dias viram-no correr pela aldeia, a reunir em tumulto, toda a gente à sua volta, e a gritar com todas as suas forças que queriam envenenar a Provença com a farinha dessas fábricas. “Não vão lá embaixo”, dizia ele, “aqueles bandidos, para fazer o pão, servem-se de vapor, que é uma invenção do diabo, enquanto que eu trabalho com o mistral e o transmontano (4) que são o hálito do bom Deus!&#8230;” E ele encontrava, como estas, uma quantidade de belas palavras, em louvor dos moinhos de vento, mas ninguém as escutava.</p>
<p class="n">“Então, com uma raiva maligna, o velho fechou-se no moinho e viveu completamente só, como um animal selvagem. Nem mesmo quis conservar junto de si a neta, Vivette, uma menina de quinze anos, que, mortos os pais, não tinha ninguém senão o avô no mundo. A pobre pequena foi obrigada a ganhar a vida e a se empregar ora aqui, ora ali, nas fazendas, para a colheita, os bichos-da-seda, ou os olivais. E entretanto o avô parecia amá-la muito. Chegava a fazer freqüentemente quatro léguas a pé, na soalheira, para ir vê-la na casa em que trabalhava, e, uma vez junto dela, passava horas inteiras a contemplá-la chorando&#8230;</p>
<p class="n">“Pensava-se, na região, que o velho moleiro, deixando sair Vivette, agira por avareza; não o honrava consentir que a neta assim deambulasse de uma fazenda para outra, exposta às brutalidades dos vaîles (5) e a todas as misérias que cercam as jovens, nessas condições de trabalho. Achava-se também muito malfeito que um homem da reputação de Mestre Cornille, e que, até aí, era respeitado, fosse agora pelas ruas como um verdadeiro boêmio, pés nus, o boné furado, a faixa na cintura em tiras&#8230; O fato é que, no domingo, quando o víamos entrar para a missa, tínhamos vergonha por ele, nós outros os velhos; e Cornille o sentia tão bem, que não mais ousava vir sentar no banco dos administradores da paróquia. Ficava sempre no fundo da igreja, junto à pia de água-benta, com os pobres.</p>
<p class="n">“Na vida de Mestre Cornille havia alguma coisa obscura. Havia muito tempo ninguém, na aldeia, lhe levava mais trigo, e no entanto, as asas do seu moinho iam sempre fazendo seu ofício, como antes&#8230; À tarde, encontrava-se pelos caminhos o velho moleiro tangendo à sua frente o burro carregado de grandes sacos de farinha.</p>
<p class="n">“— Boas tardes, Mestre Cornille! — gritavam-lhe os camponeses. — Então sempre vai indo a moagem?</p>
<p class="n">“— Sempre, meus filhos — respondia o velho com ar altivo. — Deus seja louvado, não é trabalho o que nos falta.</p>
<p class="n">“Então, se se lhe perguntasse de onde diabo podia vir tanto trabalho, ele colocava um dedo sobre os lábios e respondia gravemente: “Silêncio! Eu trabalho para a exportação&#8230;” Jamais se pôde tirar mais nada dele, além disso.</p>
<p class="n">“Quanto a meter o nariz no seu moinho, nem se devia sonhar. A própria Vivette não entrava ali&#8230;</p>
<p class="n">“Quando se passava diante dele, via-se a porta sempre fechada, as grandes asas sempre em movimento, o velho burro retouçando a erva, sobre a plataforma, e um gatão magro que tomava sol no peitoril da janela e olhava para a gente com um ar maldoso.</p>
<p class="n">“Tudo isso sugeria mistério e fazia tagarelar o mundo. Cada um explicava à sua maneira o segredo de Mestre Cornille, mas o rumor geral era que ele tinha em seu moinho mais sacos de dinheiro ainda que de farinha.</p>
<p class="n">“Com o decorrer do tempo, entretanto, tudo se descobriu; eis como:</p>
<p class="n">“Fazendo dançar a mocidade com o meu pífaro, percebi um belo dia que o mais velho dos meus rapazes e a pequena Vivette se haviam enamorado um do outro. No fundo não ficara nem um pouco zangado, porque, apesar de tudo, o nome de Cornille era honrado entre nós e, depois, dar-me-ia prazer ver saltitar em minha casa essa linda avezinha de Vivette. Somente, como nossos namorados tinham freqüentemente ocasião de estar juntos, eu quis, de medo de acidentes, regular o negócio imediatamente, e subi até o moinho, para trocar sobre o assunto duas palavras com o avô&#8230; Ah! o velho feiticeiro! Era preciso ver de que maneira me recebeu! Impossível fazê-lo abrir a porta. Expliquei-lhe minhas razões, mal-e-mal, através do buraco da fechadura; e durante todo o tempo em que lhe falei, ficava esse ladrão de gato magro a soprar como um diabo, acima da minha cabeça.</p>
<p class="n">“O velho não me deu tempo de terminar, e me gritou muito malcriadamente que retornasse à minha flauta, que, caso tivesse pressa de casar o rapaz, fosse procurar moças na fábrica&#8230; O senhor imagine como o sangue me subia ao ouvir essas más palavras; contudo eu tive até bastante prudência para me conter, e, deixando o velho louco com sua mó, voltei para anunciar aos jovens o meu humilhante insucesso&#8230; Esses pobres cordeirinhos não podiam acreditar; pediram-me como um favor, que lhes permitisse subirem os dois juntos ao moinho, para falar ao avô&#8230; Não tive coragem de recusar e prrt! eis os namorados a caminho.</p>
<p class="n">“Justamente quando chegaram ao alto, Mestre Cornille acabava de sair. A porta estava fechada com duas voltas; mas o velho, ao sair, deixara a escada fora. Imediatamente os moços tiveram a idéia de entrar pela janela, para verem o que havia nesse famoso moinho&#8230;</p>
<p class="n">“Coisa singular! O quarto da mó estava vazio&#8230; Nem um saco, nem um grão de trigo; nem a menor farinha nos muros, nem nas teias de aranha&#8230; Não se sentia nem mesmo esse bom cheiro quente do grão de trigo triturado que embalsama os moinhos&#8230; A braçadeira estava coberta de pó, e o gatão dormia em cima dela.</p>
<p class="n">“A peça de baixo tinha o mesmo ar de miséria e de abandono: um mau leito, alguns trapos sujos, um pedaço de pão sobre um degrau da escada, e, finalmente, num canto, três ou quatro sacos furados, de onde escapavam caliça e areia.</p>
<p class="n">“Era o segredo de Mestre Cornille! Era esse entulho que ele passeava à tarde pelas estradas, para salvar a honra do moinho e fazer crer que ali se produzia farinha&#8230; Pobre moinho! Pobre Cornille! Havia muito tempo os moageiros tinham-no feito perder os últimos negócios. As asas viravam sempre, mas a mó girava no vazio.</p>
<p class="n">“Os mocinhos voltaram, lavados em lágrimas, para me contar o que tinham visto. Senti o coração machucado ao ouvi-los&#8230; Sem perder um minuto, corri à casa dos vizinhos, contei-lhes a coisa em duas palavras e concordamos todos em que era preciso levar imediatamente ao moinho de Cornille tudo que houvesse de grão em nossas casas&#8230; Tão logo foi dito, logo se fez. Toda a aldeia se pôs a caminho, e chegamos ao alto, com uma procissão de burros carregados de trigo — trigo verdadeiro!</p>
<p class="n">“O moinho estava completamente aberto&#8230; Diante da porta, Mestre Cornille, sentado num saco de gesso, chorava, com a cabeça entre as mãos. Acabava de perceber, entrando, que, durante sua ausência, alguém penetrara em sua casa e surpreendera seu triste segredo.</p>
<p class="n">“Pobre de mim! — dizia ele. — Agora, não me resta senão morrer&#8230; O moinho está desonrado.</p>
<p class="n">“E soluçava de cortar o coração, chamando seu moinho por todas as espécies de nomes, falando-lhe como a uma pessoa viva.</p>
<p class="n">“Nesse momento os burros chegaram à plataforma, e nós nos pusemos todos a gritar bem alto, como nos belos tempos dos moleiros:</p>
<p class="n">“— Eh! O&#8217; do moinho!&#8230; Ei! Mestre Cornille!</p>
<p class="n">“E de súbito os sacos se acumulam diante da porta e o belo grão ruivo rola abundantemente pela terra, de todos os lados&#8230;</p>
<p class="n">“Mestre Cornille arregalava os olhos. Apanhava um pouco de trigo no côncavo da velha mão e dizia, rindo e chorando ao mesmo tempo:</p>
<p class="n">“— É trigo&#8230;! Senhor Deus! Trigo verdadeiro&#8230; Deixem-me contemplá-lo.</p>
<p class="n">“Depois, voltando-se para nós:</p>
<p class="n">“— Ah! eu sabia que vocês voltariam&#8230; Todos esses novos moageiros são ladrões.</p>
<p class="n">“Queríamos levá-lo em triunfo até a aldeia.</p>
<p class="n">“— Não, não, meus filhos; é preciso, antes de tudo, que eu vá dar de comer ao moinho&#8230; Pensem! Há muito tempo que nada lhe pomos entre os dentes!</p>
<p class="n">“E todos nós tínhamos lágrimas nos olhos de ver o pobre velho agitar-se para a direita e para a esquerda, destripando os sacos, vigiando a mó, enquanto o grão arrebentava e a fina poeira do trigo subia para o teto.</p>
<p class="n">“Justiça nos seja feita: a partir desse dia, nunca deixamos faltar trabalho ao velho moleiro. Depois, certa manhã, Mestre Cornille morreu, e as asas do nosso derradeiro moinho cessaram de virar, para sempre desta vez&#8230; Morto Cornille, ninguém continuou sua obra. Que quer, meu senhor!&#8230; Tudo tem um fim neste mundo, e deve a gente convencer-se de que o tempo dos moinhos de vento passou, como o dos barcos de passageiros do Ródano, parlamentos, e jaquetas bordadas com grandes flores.”</p>
<p class="n"><strong>Alphonse Daudet</strong><br />
Extraído do site <a href="http://paginas.terra.com.br/arte/ecandido/index.htm" target="_blank">Alguns Textos</a><br />
DAUDET, Alphonse. <strong>Contos</strong>. Ed. São Paulo: Cultrix, 1986.</p>
<blockquote>
<p class="n"><strong>Notas:</strong></p>
<p class="n">1. Vento de noroeste.<br />
2. Interjeição de que se servem os carroceiros para desviarem seus cavalos para a esquerda.<br />
3. Vinho fabricado no Meio-Dia francês.<br />
4. Vento do norte que sopra dos Alpes.<br />
5. Em dialeto no original.</p>
</blockquote>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[Wood'stown]]></title>
<link>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/04/woodstown/</link>
<pubDate>Wed, 04 Jun 2008 15:40:03 +0000</pubDate>
<dc:creator>Snaga</dc:creator>
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<description><![CDATA[O lugar era magnífico para construir uma cidade. Seria preciso, apenas, limpar as margens do rio, ab]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p><span style="font-size:x-small;font-family:Verdana;">O lugar era magnífico para construir uma cidade. Seria preciso, apenas, limpar as margens do rio, abatendo uma parte da floresta, da imensa floresta virgem enraizada ali desde o nascimento do mundo. Então, abrigada em volta por colinas arborizadas, a cidade desceria até o cais de um porto magnífico, instalado na foz do Rio Vermelho, a somente quatro milhas do mar.</p>
<p>       Assim que o governo de Washington deu a concessão, carpinteiros e lenhadores puseram-se ao trabalho; mas você nunca viu uma floresta parecida. Enganchada ao solo por todos os seus cipós, por todas as suas raízes, quando nós abatíamos de um lado, ela crescia do outro, rejuvenescendo de seus ferimentos; e cada golpe de machado fazia sair brotos verdes. As ruas, os lugares da cidade recém traçados eram invadidos pela vegetação. As paredes cresciam mais devagar do que as árvores e, assim que construídas, desabavam sob o esforço das raízes sempre vivas.</p>
<p>       Para vencer esta resistência na qual diminuíam o ferro dos machados e dos grandes machados, fomos obrigados a recorrer ao fogo. Dia e noite uma fumaça sufocante encheu a densidade das clareiras, enquanto as grandes árvores flambavam como círios. A floresta ainda tentou lutar, retardando o incêndio com enxurradas de seiva e com a frescura sem pressa de suas folhagens. Finalmente chegou o inverno. A neve caiu como uma segunda morte sobre os grandes terrenos cheios de troncos enegrecidos, de raízes consumidas. De agora em diante, poderíamos construir.</p>
<p>       Logo uma cidade imensa, toda em madeira como Chicago, estendia-se pelas margens do Rio Vermelho, com suas grandes ruas alinhadas, numeradas, dispostas em círculo em torno das praças, sua Bolsa, seus mercados, suas igrejas, suas escolas e toda uma aparelhagem marítima de galpões, de alfândegas, de docas, de entrepostos, de canteiros de construção para os navios. A cidade de madeira, Wood&#8217;stown &#8211; como a chamávamos &#8211; foi rapidamente povoada pelos ocupantes de cidades novas. Uma atividade febril propagou-se por todos os seus bairros; porém, sobre as colinas circundantes, dominando as ruas cheias de pessoas e o porto abarrotado de navios, uma massa sombria e ameaçadora se estendia em semicírculo. Era a floresta que olhava.</p>
<p>       Ela olhava esta cidade insolente, que havia tomado seu lugar à margem do rio, e três mil árvores gigantescas. Toda Wood&#8217;stown estava feita com sua vida. Os altos mastros que se balançavam ao longe no porto, estes telhados inumeráveis abaixados uns em direção aos outros, até a última cabana do mais afastado subúrbio, ela havia fornecido tudo, mesmo os instrumentos de trabalho, mesmo os móveis, medindo seus serviços somente pelo comprimento dos galhos. Por isso que rancor terrível ela guardava contra esta cidade de ladrões!</p>
<p>       Enquanto o inverno durou, não nos apercebemos de coisa alguma. As pessoas de Wood&#8217;stown ouviam às vezes um estralo surdo nos seus telhados, nos seus móveis. De tempos em tempos, uma parede rachava, ou o balcão de loja partia-se em dois ruidosamente. Mas a madeira nova está sujeita a esses acidentes e ninguém dava importância a isso. Entretanto, à aproximação da primavera &#8211; uma primavera súbita, violenta, tão rica de seiva que nós sentíamos sob a terra um murmúrio de fontes &#8211; o solo começou a se agitar, soerguido por forças invisíveis e ativas. Em cada casa, os móveis, as paredes inchavam, e nós víamos sobre os assoalhos longos inchaços como com a passagem de uma toupeira. Nem portas, nem janelas, nada mais funcionava. &#8211; &#8220;É a umidade, diziam os habitantes. Com o calor, isto passará&#8221;.</p>
<p>       De repente, no dia seguinte a um grande temporal vindo do mar, que trouxera o verão nos seus relâmpagos brilhantes e na sua chuva morna, a cidade ao despertar soltou um grito de estupefação. Os telhados vermelhos dos monumentos públicos, os campanários das igrejas, o soalho das casas e até a madeira das camas, tudo estava salpicado com uma cor verde, fina como o mofo, leve como uma renda. De perto, era uma quantidade de brotos microscópicos, onde já se via o enrolamento de folhas. Essa esquisitice da chuva divertiu sem inquietar; mas, antes da noite, buquês de verdura desabrochavam por tudo, sobre móveis, sobre as paredes. Os ramos cresciam a olhos vistos; levemente retidos na mão, nós os sentíamos crescer e debaterem-se como asas.</p>
<p>       No dia seguinte, todos os apartamentos tinham o ar de estufas. Cipós acompanhavam os corrimãos da escada. Nas ruas estreitas, galhos uniam-se de um telhado a outro, recobrindo a cidade barulhenta com a sombra das avenidas florestais. Isto se tornava inquietante. Enquanto os sábios reunidos deliberavam sobre o caso da vegetação extraordinária, a multidão comprimia-se do lado de fora para ver os diferentes aspectos do milagre. Os gritos de surpresa, o rumor assombrado de todo este povo inativo dava solenidade a este estranho acontecimento. Subitamente, alguém gritou: &#8220;Olhem para floresta&#8221; e nós percebemos com terror que em de dois dias o semicírculo verdejante aproximara-se muito. A floresta tinha o ar de descer em direção à cidade. Toda uma vanguarda de espinheiros, de cipós se alongava até as primeiras casas dos subúrbios.</p>
<p>       Então, Wood&#8217;stown começou a compreender e a ter medo. Evidentemente a floresta vinha reconquistar seu lugar à margem do rio; e suas árvores, derrubadas, dispersadas, transformadas, libertavam-se para ir a frente delas. Como resistir à invasão? Com o fogo, nós nos arriscávamos a incendiar a cidade inteira. E que podiam os machados contra esta seiva que renascia sem cessar, essas raízes monstruosas atacando embaixo o solo, essas milhares de sementes voadoras que germinavam ao se abrir e faziam crescer uma árvore por tudo onde elas caíam?</p>
<p>       No entanto, todo mundo se pôs ao trabalho corajosamente com foices, com ancinhos, com machados; e derrubaram uma grande quantidade de ramos. Mas em vão. De hora em hora a confusão de florestas virgens, onde o entrelaçamento de cipós unia entre si brotos gigantescos, invadia as ruas de Wood&#8217;stown. A partir de agora os insetos e os répteis faziam irrupção. Havia ninhos em todos os cantos, e grandes bater de asas, e massas de pequenos bicos tagarelas. Em uma noite os celeiros da cidade foram esvaziados por todas as ninhadas recém-nascidas. Em seguida, como por ironia no meio deste desastre, borboletas de todos os tamanhos, de todas as cores, voavam sobre os cachos floridos, e as previdentes abelhas, que procuravam abrigos seguros, instalavam, nos ocos destas árvores rapidamente desenvolvidas, seus favos de mel como uma prova de duração.</p>
<p>       Vagamente, pela onda barulhenta de ramos, escutávamos os golpes surdos dos machados e dos grandes machados; mas, no quarto dia, qualquer trabalho foi reconhecido impossível. A grama estava alta demais, densa demais. Os cipós de trepadeira se enroscavam nos braços de lenhadores, reprimindo seus movimentos. Aliás, as casas tinham se tornado inabitáveis; os móveis, carregados de folhas, haviam perdido suas formas. Os tetos desabavam, transpassados pela lança dos iúcas, o longo espinho dos mognos; e no lugar de telhados esparramava-se a imensa cúpula dos carvalhos. Acabou. Tinham de fugir.</p>
<p>       Através da rede de plantas e de galhos de árvores, que se estreitava cada vez mais, as pessoas de Wood&#8217;stown apavorados se precipitaram em direção ao rio, carregando o máximo que podiam de riquezas, de objetos preciosos. Mas que dificuldade para alcançar a margem! Não havia mais cais. Nada além de gigantescos juncos. Os canteiros marítimos, onde se guardava a madeira de construção, foram substituídos por florestas de pinheiros; e no porto, cheio de flores, os novos navios pareciam ilhotas de verdura. Felizmente havia algumas fragatas blindadas sobre as quais a multidão se refugiou e de onde ela pôde ver a velha floresta unir-se vitoriosamente à floresta nova.</p>
<p>       Pouco a pouco as árvores confundiram suas copas e, sob o céu azul e ensolarado, a enorme massa de copas se estendeu das margens do rio ao horizonte distante. Nenhum traço da cidade, nem tos tetos, nem das paredes. De tempos em tempos um barulho surdo de desabamento, último eco da ruína, ou o golpe de machado de algum lenhador enraivecido, ressoava sob a profundidade da folhagem. Depois, nada mais que o silêncio vibrante, barulhento, sussurrante, nuvens de borboletas brancas voavam em círculos sobre a margem deserta, e, ao longe, em direção ao alto mar, um navio que fugia, com três grandes árvores verdes podadas no meio de suas velas, levando os últimos emigrantes do que fora Wood&#8217;stown&#8230;</span></p>
<p><span style="font-size:x-small;font-family:Verdana;"><strong>Alphonse Daudet<br />
</strong>Extraído do site <a href="http://www.bestiario.com.br" target="_blank">Bestiário</a></span></p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[A Última Aula]]></title>
<link>http://contosdocovil.wordpress.com/2008/06/03/a-ultima-aula/</link>
<pubDate>Tue, 03 Jun 2008 14:03:01 +0000</pubDate>
<dc:creator>Snaga</dc:creator>
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<description><![CDATA[Nessa manhã eu me atrasara muito para ir à escola, e receava uma reprimenda do sr. Hamel, porquanto ]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p align="justify">Nessa manhã eu me atrasara muito para ir à escola, e receava uma reprimenda do sr. Hamel, porquanto nos mandara estudar os particípios e eu não sabia literalmente nada. Estive quase para faltar à aula e dar um passeio através dos campos.</p>
<p align="justify">Como o dia estava luminoso e cálido!</p>
<p align="justify">Os melros gorjeavam à beira do bosque, e no prado Rippert, por trás da serraria, ouviam-se as manobras militares dos prussianos. Tudo isso me seduzia muito mais que estudar os particípios; mas resisti à tentação, e parti correndo em direção à escola.</p>
<p align="justify">Ao passar em frente da prefeitura, notei que havia gente parada perto do pequeno quadro onde costumavam afixar os comunicados. Havia dois anos que dali nos vinham todas as más notícias: as batalhas perdidas, as requisições, as ordens do comando; e, sem me deter, pensei: &#8220;Que mais teremos ainda?&#8221;</p>
<p align="justify">Nesse momento, como atravessasse a praça correndo, o ferreiro Wachter, que lá estava com o aprendiz, para ler o comunicado, gritou-me:<br />
- Não te afobes tanto, pequeno; vais ter tempo de sobra para chegar à escola!</p>
<p align="justify">Pensei que estava a caçoar de mim, e entrei esbaforido no pequeno pátio do sr. Hamel.</p>
<p align="justify">Geralmente, ao começar a aula, a algazarra era tão grande que chegava até a rua: carteiras que se abriam e fechavam, lições que todos repetiam em voz alta e ao mesmo tempo, tapando os ouvidos para aprender melhor, e a pesada régua do professor batendo no tampo das carteiras:<br />
- Pouco barulho!</p>
<p align="justify">Eu contava com toda essa confusão para chegar ao meu lugar sem ser visto; mas precisamente nesse dia tudo estava silencioso como numa manhã de domingo. Pela janela aberta, eu via os colegas, já sentados em seus lugares, e o sr. Hamel, caminhando para cá e para lá, com a enorme régua de ferro debaixo do braço. Não tive outro remédio senão abrir a porta e afrontar aquele pesado silêncio. Imaginem qual não seria o meu medo e a minha vergonha!</p>
<p align="justify">Mas qual! 0 sr. Hamel olhou-me sem irritação, e, em tom brando, me disse:<br />
- Senta-te depressa, meu pequeno Franz; íamos começar sem ti.</p>
<p align="justify">Caminhei para o meu lugar e sentei-me. Só então, já um pouco refeito do susto, é que notei que o mestre envergava sua bonita casaca verde, sua fina camisa pregueada e o gorro de seda preta bordada, que só costumava usar nos dias de exame ou de distribuição de prêmios. Além disso, toda a sala tinha um não sei quê de extraordinário e de solene. Mas o que mais me admirou foi ver, ao fundo da sala, nos bancos habitualmente vazios, gente da aldeia, sentada e silenciosa como nós, o velho Hauser com o seu tricórnio, o antigo prefeito, o antigo carteiro, e outras pessoas mais. Todos pareciam tristes; e Hauser trouxera um velho abecedário comido nas margens, que segurava bem aberto em cima dos joelhos, com os grossos óculos pousados de esguelha sobre as páginas.</p>
<p align="justify">Enquanto eu olhava espantado para tudo aquilo, o sr. Hamel subiu à cátedra, e com a mesma voz doce e grave com que me recebera, nos disse:<br />
- Meus filhos, é esta a última vez que lhes dou aula. Chegou uma ordem de Berlim para se ensinar só alemão nas escolas da Alsácia e da Lorena&#8230; 0 novo professor chega amanhã. Hoje é a nossa última lição de francês. Peço-lhes manter toda a atenção.</p>
<p align="justify">Essas poucas palavras deixaram-me aturdido. Ah! Os miseráveis! Sabia agora o que eles tinham afixado na prefeitura!</p>
<p align="justify">A minha última lição de francês!&#8230;</p>
<p align="justify">E eu, que mal sabia escrever! Era claro que não mais aprenderia&#8230; Ia ficar onde estava!&#8230; Como lamentava agora o tempo perdido, as aulas gazeteadas para correr atrás dos ninhos ou escorregar pelo Saar! Os livros, que sempre achara tão maçudos, tão difíceis de carregar, a minha gramática, a minha história sagrada, pareciam-me agora velhos amigos que teria muita pena de deixar. Tal como o sr. Hamel. A idéia de que ele ia partir, de que não voltaria a vê-lo, fazia-me esquecer todos os castigos, todas as reguadas.</p>
<p align="justify">Pobre homem!</p>
<p align="justify">Fora em honra dessa última aula que ele vestira a melhor roupa, e eu compreendia agora por que essa velha gente tinha vindo sentar-se ao fundo da sala. Isso parecia dizer que lamentavam não ter vindo com mais freqüência à escola. Dir-se-ia uma maneira de agradecer ao velho mestre os quarenta anos de bons serviços e o cumprimento dos deveres para com a pátria que se ia&#8230;</p>
<p align="justify">Estava nesse ponto de minhas reflexões, quando ouvi chamar por mim. Era a minha vez de dar a lição. 0 que não teria eu dado para saber dizer tudo a respeito dessa famosa regra dos particípios, bem alto, bem claro, sem um erro! Mas atrapalhei-me logo às primeiras palavras, e fiquei de pé, a balançar o corpo de um lado para o outro, angustiado, de cabeça baixa. Ouvia o sr. Hamel dizer-me:<br />
- Não vou ralhar contigo, meu pequeno Franz: já estás bem castigado&#8230; É isso mesmo! Dizemos todos os dias: &#8220;Ora! Tenho muito tempo. Estudarei amanhã&#8221;. E depois já vês o que acontece&#8230; Ah! essa tem sido a grande desgraça da nossa Alsácia, adiar sempre a instrução para o dia de amanhã. Agora, essa gente está no direito de nos vir dizer: &#8220;Mas como! Vocês queriam ser franceses, e nem ao menos sabem ler e escrever a sua língua!&#8221; No meio de tudo isso, meu pobre Franz, não és tu ainda o mais culpado. Todos nós temos alguma coisa a censurar-nos.<br />
&#8220;Seus pais não se preocuparam como deviam com a educação dos filhos. Preferiam mandá-los trabalhar na terra ou na fábrica, para poderem ter uns soldos a mais. E eu mesmo, será que nada tenho a censurar-me: Não os mandei muitas vezes regar o jardim, em vez de estudar? E quando queria ir pescar trutas, importei-me alguma vez de lhes dar feriado?&#8230;&#8221;</p>
<p align="justify">Então, variando de um assunto a outro, o sr. Hamel pôs-se a falar-nos da língua francesa, dizendo que era a mais bela do mundo, a mais clara e expressiva; que era preciso conservá-la entre nós e não esquecê-la nunca, porque, quando um povo se torna escravo, enquanto conservar a sua língua, é como se tivesse a chave da prisão&#8230; Pegou depois numa gramática e leu-nos a lição. Admirava-me de ver entendia bem. Tudo o que ele dizia me parecia fácil, fácil&#8230; Também creio que nunca escutara com tanto interesse e que ele, por sua vez, jamais explicara com tanta paciência. Dir-se-ia que, antes de deixar-nos, o pobre homem nos queria dar todo o seu saber, faze-lo entrar em nossa cabeça de uma vez para sempre.</p>
<p align="justify">Terminada a lição, passou-se à escrita. Para esse dia, o sr. Hamel preparara-nos exemplos completamente novos, sobre os quais estava escrito em grande letra caprichada: &#8220;França, Alsácia, França, Alsácia&#8221;. Eram como pequenas bandeiras que flutuassem em torno da classe, suspensas da armação de ferro das carteiras. Dava gosto ver como cada um se aplicava, e que silêncio! Só se ouvia o ringir das penas no papel. A certa altura entraram besouros na sala; mas ninguém reparou neles, nem mesmo os menores, aplicados como estavam a traçar seus gatafunhos, com tal vontade e convicção, como se isso também fosse francês&#8230; No forro da escola, pombos arrulhavam baixinho, e eu me dizia, ouvindo-os:<br />
- Irão obrigá-los, também a eles, a cantar em alemão?</p>
<p align="justify">De vez em quando, ao erguer os olhos do papel, via o sr. Hamel imóvel na cadeira e fixando os objetos em torno, como se quisesse guardar para sempre na retina toda a sua pequena escola&#8230; Imaginem! Há quarenta anos que aquele homem estava ali, naquele mesmo lugar, com o pátio à sua frente e aquela sala que não mudara. Apenas os bancos e as carteiras se tinham polido com o tempo, lustrados pelo uso; as nogueiras do recreio haviam crescido, e a trepadeira, que ele mesmo plantara, engrinaldava agora as janelas até o teto. Que desgosto não devia ser para o pobre homem ter que deixar todas aquelas coisas, e ouvir a irmã que ia e vinha, no aposento de cima, atarefada a preparar as malas! Porque deviam partir no dia seguinte, deixar aquela terra para sempre.</p>
<p align="justify">Assim mesmo, teve coragem de dar a aula até o fim. Depois da escrita, veio a lição de história; em seguida os mais novos cantaram o bá bé bi bó bu. Lá no fundo da sala, o velho Hauser pusera os óculos e, segurando o abecedário com as duas mãos, soletrava com eles. Via-se que também ele estava atento. A voz tremia-lhe de emoção, e era tão engraçado ouvi-lo, que tínhamos todos vontade de rir e chorar. Ah! Lembrar-me-ei para sempre dessa última aula&#8230;</p>
<p align="justify">De repente, o relógio da torre bateu meio-dia, depois o ângelus. No mesmo instante, as trombetas dos prussianos que voltavam das manobras ressoaram sob as janelas&#8230; 0 sr. Hamel ergueu-se da cadeira, muito pálido: nunca ele me parecera tão alto.<br />
- Meus amigos &#8211; disse ele -, meus amigos, eu&#8230; eu&#8230;</p>
<p align="justify">Mas algo lhe embargava a voz. Não podia terminar a frase.</p>
<p align="justify">Virou-se então para o quadro, pegou um bocado de giz e, firmando-o com toda a força, escreveu na maior letra que pode:</p>
<p align="justify">       <strong>&#8220;VIVA A FRANÇA!&#8221;</strong></p>
<p align="justify">Depois ali ficou, com a cabeça apoiada na parede, e, sem falar, acenava-nos com a mão: &#8220;Acabou. .. Podem sair&#8221;.</p>
<p align="justify"><strong>Alphonse Daudet<br />
</strong>Extraído do site <a href="http://www.riototal.com.br" target="_blank">Rio Total</a></p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[Le moulin]]></title>
<link>http://argone.wordpress.com/2008/05/05/le-moulin/</link>
<pubDate>Mon, 05 May 2008 05:00:41 +0000</pubDate>
<dc:creator>argone</dc:creator>
<guid>http://argone.wordpress.com/2008/05/05/le-moulin/</guid>
<description><![CDATA[Me voici de retour d&#8217;un long week-end en provence &#8230; la fontaine du Vaucluse, l&#8217;Isl]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><div><span style="font-size:10pt;font-family:tahoma;">Me voici de retour d&#8217;un long week-end en provence &#8230; la fontaine du Vaucluse, l&#8217;Isle sur la Sorgue, Aix-en-Provence, Les Baux, Saint-Rémy, et enfin Fontvieille, qui abrite le château de Montauban, et à deux pas de là :</span></div>
<p><span style="font-size:10pt;font-family:tahoma;"><em><span style="color:#800000;">I&#8217;m back from a long week-end in Provence &#8230; the Vaucluse fountain, l&#8217;Isle-sur-la Sorgue, Aix-en-Provence, Les Baux, Saint-Rémy, and Fontvieille, that hosts the Montauban castle and a few steps further :</span></em></p>
<p> </p>
<p></span></p>
<div><img class="noAlign" src="http://img291.imageshack.us/img291/3553/moulinedaudet1ba5.jpg" alt="" width="375" height="500" /></div>
<p><span style="font-size:12pt;font-family:georgia;"><em>&#8220;C&#8217;est de là que je vous écris, ma porte grande ouverte, au bon soleil.<br />
Un joli bois de pins tout étincelant de lumière dégringole devant moi jusqu&#8217;au bas de la côte. A l&#8217;horizon, les Alpilles découpent leurs crêtes fines &#8230; Pas de bruit &#8230; A peine, de loin en loin, un son de fifre, un courlis dans les lavandes, un grelot de mules sur la route &#8230; Tout ce beau paysage provençal ne vit que par la lumière.&#8221; A. Daudet</em></span></p>
<p><span style="font-size:12pt;font-family:georgia;"><em><br />
</em></p>
<p></span></p>
<div><span style="font-size:12pt;"><span style="font-size:10pt;">Ca tombe bien, j&#8217;avais repris la lecture il y a quelques jours des lettres du cher Alphonse &#8230;</span></span></div>
<p><span style="font-size:12pt;"><span style="font-size:10pt;"><em><span style="color:#800000;">A few days before, I grabbed this book from a shelf, it&#8217;s so great to read it again &#8230;</span></em></p>
<p><em></em></p>
<p></span></span></p>
<div><img class="noAlign" src="http://img291.imageshack.us/img291/9838/moulinedaudet2dy2.jpg" alt="" width="375" height="500" /></div>
<div><span style="font-size:10pt;font-family:tahoma;">et comme je n&#8217;en ai pas encore fini toutes les pages, je prolonge un peu mon voyage de quelques jours !!!</span></div>
<p><span style="font-size:10pt;font-family:tahoma;"><span style="color:#800000;"><em>and I stay in the Provence mood for a few more pages !!!</em></span></p>
<p></span></p>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[Alphonse Daudet en français et en espagnol]]></title>
<link>http://espagnolblog.wordpress.com/2008/03/10/alphonse-daudet-en-francais-et-en-espagnol/</link>
<pubDate>Mon, 10 Mar 2008 15:29:00 +0000</pubDate>
<dc:creator>AlbaLearning</dc:creator>
<guid>http://espagnolblog.wordpress.com/2008/03/10/alphonse-daudet-en-francais-et-en-espagnol/</guid>
<description><![CDATA[ Alphonse Daudet en espagnol et en français: L&#8217;homme a la cervelle d&#8217;or L&#8217;enfant e]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p><a target="_blank" href="http://www.albalearning.com/audiolibros/index.html#daudet" title="Le nouveau maître, L'enfant espion....à lire en français et en espagnol. Audio en espagnol."><img border="0" width="110" src="http://www.albalearning.com/IMAGENES/Alphonse%20Daudet-m.jpg" alt="Alphonse Daudet" height="160" /></a> Alphonse Daudet en espagnol et en français:</p>
<blockquote><p><a href="http://www.albalearning.com/audiolibros/daudet_elhombre.html">L&#8217;homme a la cervelle d&#8217;or</a></p>
<p><a href="http://www.albalearning.com/audiolibros/daudet_elninoespia.html">L&#8217;enfant espion</a></p>
<p><a href="http://www.albalearning.com/audiolibros/daudet_elnuevomaestro.html">Le nouveau maître</a></p></blockquote>
</div>]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[Coffee Table Book 4 - "Provence" de Willy Ronis, avec un texte d'Edmonde Charles-Roux]]></title>
<link>http://parismages.com/2008/02/29/coffee-table-book-4-provence-de-willy-ronis-avec-un-texte-dedmonde-charles-roux/</link>
<pubDate>Fri, 29 Feb 2008 18:18:46 +0000</pubDate>
<dc:creator>C</dc:creator>
<guid>http://parismages.com/2008/02/29/coffee-table-book-4-provence-de-willy-ronis-avec-un-texte-dedmonde-charles-roux/</guid>
<description><![CDATA[Bonjour à toutes et à tous. Pour reprendre les choses là où elles en étaient restées, me re-voici av]]></description>
<content:encoded><![CDATA[Bonjour à toutes et à tous. Pour reprendre les choses là où elles en étaient restées, me re-voici av]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[Biblioteca de Clássicos]]></title>
<link>http://absurdo.wordpress.com/2008/02/02/biblioteca-de-classicos/</link>
<pubDate>Sat, 02 Feb 2008 14:49:40 +0000</pubDate>
<dc:creator>Eduarda Sousa</dc:creator>
<guid>http://absurdo.wordpress.com/2008/02/02/biblioteca-de-classicos/</guid>
<description><![CDATA[A Dom Quixote já começou a lançar, através da sua chancela Booklet, a colecção de livros de bolso es]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p align="center"> <img src="http://absurdo.wordpress.com/files/2008/02/tolstoi.jpg" alt="tolstoi.jpg" /><img src="http://absurdo.wordpress.com/files/2008/02/sapho.jpg" alt="sapho.jpg" /></p>
<p align="justify">A Dom Quixote já começou a lançar, através da sua chancela Booklet, a colecção de livros de bolso escolhidos por António Lobo Antunes (ALA). <b>A Morte de Ivan Ilitch</b> de Tolstoi e <b>Sapho</b> de Daudet são as duas primeiras opções do autor de <i>Os Cus de Judas</i>.</p>
<p align="justify">A colecção <i>Biblioteca de Autor</i> contará com 50 clássicos. Os próximos livros a publicar serão <i>Ilusões Perdidas</i>, de Honoré de Balzac, <i>A Consciência de Zeno</i>, de Ítalo Svevo, <i>A Letra Encarnada</i>, de Nathaniel Hawthorne, <i>Billy Budd</i>, de Herman Mitchell, e <i>O Coração das Trevas</i>, de Joseph Conrad. Todos os livros contam com um prefácio curto de António Lobo Antunes.</p>
<p align="justify">Sobre <i>A Morte de Ivan Ilitch, </i>escreve ALA:<i><br />
</i><i>«Tudo o que somos se acha em poucas páginas, escrito de uma forma magistral. Li-as, maravilhado, umas vinte ou trinta vezes, continuarei a lê-las, maravilhado, até ao fim dos meus dias. Maravilhado, exaltado, comovido, a perguntar-me como é que ele conseguiu. E conseguiu. Reparem no que Tolstoi faz com as palavras e como nos retrata, de corpo inteiro, no mais íntimo de nós mesmos.»</i></p>
<p align="justify">Sobre <i>Sapho</i>, escreve:<br />
<i>«…uma obra extraordinária, de uma imensa felicidade de expressão. E isto, para além de muito trabalho, exige um talento e uma capacidade de entender os mecanismos da alma que só um artista de eleição é capaz.»</i></p>
<div align="justify">  Apesar de já existirem edições destes livros noutras editoras, esta é uma excelente oportunidade para montar uma biblioteca de clássicos. Os dois primeiros já cá cantam e quase devorei a <i>A Morte de Ivan Ilitch </i>hoje de manhã. E as capas são muito bonitas. O preço dos livros anda à volta dos 7 euros.</div>
</div>]]></content:encoded>
</item>

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