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	<title>escritores-raros &amp;laquo; WordPress.com Tag Feed</title>
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	<description>Feed of posts on WordPress.com tagged "escritores-raros"</description>
	<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 22:40:11 +0000</pubDate>

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	<language>en</language>

<item>
<title><![CDATA[Música de cabaret]]></title>
<link>http://albertochimal.wordpress.com/2008/06/13/musica-de-cabaret/</link>
<pubDate>Fri, 13 Jun 2008 19:08:58 +0000</pubDate>
<dc:creator>Alberto Chimal</dc:creator>
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<description><![CDATA[Para continuar con algo interesante en este espacio temporal, dejo adelantado el cuento (o cuentos) ]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p>Para continuar con algo interesante en este espacio temporal, dejo adelantado el cuento (o cuentos) del mes de junio.</p>
<div><img src="http://www.lashistorias.com.mx/blog/wp-content/2008/05/franciscotario-2.jpg" alt="Francisco Tario" /></div>
<p><em>El mexicano <a href="http://www.osiazul.com/seccion/Tario-index.html">Francisco Tario</a> (seudónimo de Francisco Peláez; 1911-1977) escribió una obra que permaneció oculta, como patrimonio de unos pocos aficionados, durante décadas; redescubiertos al comenzar el siglo XXI, sus libros están siendo re-conocidos como varios de las más intrigantes escritos en español en los últimos cien años, y Tario mismo va, creo, en camino de convertirse en un nuevo clásico.</em><br />
<!--more--><em>      Da gusto, porque será un clásico desconcertante, creador de un mundo enteramente personal e interesado no en el Gran Tema Nacional, esa entelequia dictatorial de ayer y hoy, sino en algo distinto, como puede verse en la colección de minificciones (que a veces lindan con el aforismo, con el poema en prosa, con el sueño) que viene a continuación, publicada primero en </em>Tapioca Inn, mansión para fantasmas<em> (1952) y disponible ahora en los </em>Cuentos completos<em> de Tario, publicados por Lectorum.</em></p>
<blockquote><p><strong>MÚSICA DE CABARET<br />
Francisco Tario</strong></p>
<p>Sintió pasos en la noche y se incorporó con sobresalto.<br />
      —¿Eres tú, Cordelia? — dijo.<br />
      Y luego:<br />
      —¿Eres tú? Responde.<br />
      —Sí, soy yo —le replicó ella desde el fondo del pasillo.<br />
      Entonces se durmió. Pero a la mañana siguiente habló con su mujer &#8211;que se llamaba Clara&#8211; y con su sirvienta &#8211;que se llamaba Eustolia.<br />
 <br />
 <br />
Detuvo un taxi.<br />
      —¡Pronto, a Venustiano Carranza y Hyde Park Corner!<br />
      El chofer, de bigotes que ya no se estilan, comprendió al instante que se trataba de una importante cita y se puso en marcha.<br />
 <br />
 <br />
Fue escasamente durante el tiempo que media entre el romper de una ola y la calma subsecuente, mas él tuvo la impresión dolorosísima de que era un pan con mantequilla y mermelada en manos de S. M. la Reina Victoria de Inglaterra.<br />
 <br />
 <br />
—Perdone usted, caballero, ¿tiene hora?<br />
      El caballero miró atentamente a su reloj sin manecillas y expresó, de acuerdo con lo que había visto:<br />
      —Las doce en punto.<br />
 <br />
 <br />
El sueño en sí tuvo poco de singular, desde luego: que le robaban unos prismáticos, el traje de jugar golf y la boquilla de ámbar. Lo que sí ofrece ya cierto interés es que al recorrer la casa, a la mañana siguiente, pudo comprobar con desconsuelo que en efecto se los habían robado.<br />
 <br />
 <br />
—Quiero un piano —dijo, pestañeando nerviosamente— en el que de ser posible todas sus notas sean la.<br />
      El propietario del establecimiento, hombre prematuramente envejecido, reflexionó unos segundos, hizo unos apuntes breves y, volviéndose hacia el cliente que aguardaba, repuso:<br />
      —Lo siento mucho, caballero. Ya no nos quedan mas que de fa.<br />
 <br />
 <br />
Durante una <em>soirée </em>de gala en honor de unos diplomáticos extranjeros se apagan de pronto todas las luces. Al encenderse, inmediatamente después, el salón está vacío.<br />
 <br />
 <br />
¡Qué deprimente escena la noche aquella en que el molino devoró de una sola dentellada al molinero! Qué lamentables consecuencias. Durante todo el tiempo que duró la guerra, y un mes después, los panecillos de la ciudad sangraban a cada mordisco y por las tardes eran como gatitos, con todo y sus pequeñísimos maullidos.<br />
 <br />
 <br />
El botón le saltó del chaleco, rodó un buen trecho por el pasillo, descendió las escaleras, atravesó el vestíbulo y se perdió en la calle.<br />
      Por aquel botón supo la policía que el asesino se burlaba espantosamente de ellos.<br />
 <br />
 <br />
Era repulsivo y extraño a la vez aquel insignificante niño de un centímetro de altura. Y tan afligida, la madre. Mas a razón de un centímetro por mes, la criatura fue desarrollándose. A la mayoría de edad su longitud era respetable. Cuando falleció, sin cumplir los ochenta años, medía exactamente nueve metros setenta. Que Dios lo haya perdonado.<br />
 <br />
 <br />
Temporada 1950.<br />
      Cae el telón en el quinto acto: &#8220;El Burgués Ennoblecido&#8221;. La sala, atiborrada de público, se estremece con los aplausos. Es un clamor, semejante a una tormenta. Los actores, hasta los más humildes, se deshacen en genuflexiones. De pronto, suena una grito en galería:<br />
      —¡El autor! ¡El autor a escena!<br />
      Aparece Moliére, sudoroso y enrojecido, y los aplausos se redoblan.<br />
 <br />
 <br />
Interroga la niña:<br />
      —¿Qué es un hombre vulgar?<br />
      Y replica el niño:<br />
      —Aquél que jamás será un fantasma.<br />
 <br />
 <br />
El edificio resultó un poco atrevido, sin duda. Absolutamente todas las ventanas miraban, no al exterior, sino al interior del edificio.<br />
 <br />
 <br />
—Apostaría cualquier cosa a que es solamente un reloj —dijo. Y se detuvo sobre la acera limpiándose los espejuelos. Mas a merced que se fue aproximando, hubo de reconocer que su error había sido garrafal desde cualquier punto de vista. Se trataba exclusivamente de un conato de incendio.<br />
 <br />
 <br />
Para los efectos de un pasaporte.<br />
      Señas particulares: demencia paralítica.<br />
 <br />
 <br />
Durante la noche dejaba su dentadura en un vaso de agua hervida, sobre una mesita de caoba. Pues una noche, sigilosamente, la dentadura bajó al comedor y se acabó todos los bizcochos.<br />
 <br />
 <br />
—¡Abrázame! —prorrumpió ella, con los ojos en blanco y refiriéndose al hermoso novio, que no se decidía.<br />
      Y un árbol fue y la abrazó de tal manera que sus dientes, sus pechos y sus lindos talones rosados se transformaron en bellotas.<br />
 <br />
 <br />
Una sola vez pernoctó en aquel puerto, jurando por todos los Santos que no volvería a intentarlo en su vida. De la perfumada playa, a través de las negras y empinadas callejuelas, vio ascender durante toda la noche caravanas de langostas rojas y envilecidas que cuchicheaban en los portales con las prostitutas.<br />
 <br />
 <br />
Un niño en Bruselas lanza a lo alto una pelota. La pelota jamás vuelve. En Uranio es la hora del té —la medianoche.<br />
      —jPklstntlggnrl!<br />
      Que traducido a nuestra lengua significa:<br />
      —Este azúcar es de remolacha.<br />
 <br />
 <br />
Un milagro, un hedor y una infancia —el fantasma de las noches de luna, el fantasma de los serafines que fumaban opio y el fantasma actual que se inicia cierta tarde de lluvia con el sepelio de Dedalus.<br />
 <br />
 <br />
Al comunicársele la repugnante noticia de que su marido había sido materialmente seccionado por el tranvía, la recién casada emitió un curioso gritito y se llevó a la boca su tercera cucharada de fideos. Después, dijo:<br />
      —¡Qué exótico!<br />
 <br />
 <br />
La viejecita en sueños:<br />
      —¡Papá! ¡Mamá!<br />
 <br />
 <br />
—Caminemos un poco —indicó.<br />
      —Caminemos, si a usted le parece —consintió el otro.<br />
      Y los dos amigos echaron a andar reposadamente sobre las opulentas y salobres aguas del Caribe.<br />
      Seiscientos metros más abajo caminaban también otros —que habían naufragado en Escocia. Mas su lenguaje no era interesante.<br />
 <br />
 <br />
—No está bien —dijo— que te bañes con el sombrero puesto. Ya te he dicho demasiadas veces que la humedad deteriora lamentablemente los fieltros.<br />
 <br />
 <br />
A pleno día.<br />
      El psiquiatra: —Desnúdese.<br />
      La histérica: —¡Imposible!<br />
      El psiquiatra: —Me desnudaré yo, entonces.<br />
      La histérica: —Como usted guste&#8230;<br />
      (El psiquiatra se desnuda).<br />
      El psiquiatra: —¿Ve usted qué sencillo?<br />
      La histérica: —¡Asombroso! Probaré yo a hacerlo.<br />
      (Se desnuda. Suena el teléfono).<br />
      El psiquiatra: —Sí, señor, inmediatamente. (A la paciente) Le habla su marido.<br />
      (La histérica toma el audífono)<br />
      La histérica: —¿Eres tú, queridito?<br />
      La voz lejana: —Soy yo, ¿no te da vergüenza?<br />
      (La histérica se mira).<br />
      —¿Ni siquiera pensaste en los niños?<br />
      (Pausa).<br />
      —Y por si fuera poco, ¿no sientes frío?<br />
      La histérica: —Perdóname; no siento frío. ¿Me perdonas ?<br />
      La voz lejana (Tras un silencio): —Está bien, te perdono. ¡Que no vuelva a repetirse!<br />
      (La histérica deja el audífono y se vuelve. Da un grito, cubriéndose. Está en una zapatería).<br />
 <br />
 <br />
—¡Lo que no se les ocurra a los concejales!<br />
Fue con motivo de una cacería en la que las escopetas las llevaban las tórtolas.<br />
 <br />
 <br />
Hay cosechas disparatadas como la del agricultor aquel que, debido a un espeluznante error del que seleccionaba las semillas, vio su granja materialmente cubierta de altos, silenciosos y estériles postes de telégrafo.<br />
 <br />
 <br />
—A los pies de usted, señora.<br />
      Y a los pies se echó, en efecto.<br />
 <br />
 <br />
Cuando la erótica y pequeña zulú pereció en las aguas del misterioso lago, cumplía exactamente trece años y dos meses. Y a partir de la noche siguiente, los aborígenes despertaron ante una voz melancólica y desconocida que entonaba bellas canciones.<br />
      —Nunca hemos oído nada igual —decían.<br />
      Cuatrocientos años más tarde, dos botánicos noruegos descubrieron en las riberas del lago la sorprendente especie de pétalos amarillentos y pistilos erectos. Sin aroma. Y la designaron Ha-Lum, voz de la noche —que se empleó en farmacia como antiséptico en los tratamientos de la seborrea.<br />
 <br />
 <br />
En el concierto:<br />
      La voz femenina: —¡Qué buen pianista es, qué bárbaro! Fíjate cómo está con las manos para acá, para allá, para acá, para allá, para allá, para acá, para acá, para allá…<br />
 <br />
 <br />
Soñó que soñaba que soñando iba dormido por un camino. A la mañana siguiente, su reflexión primera fue ésta:<br />
      —&#8221;Reduciré la ración al perro, con objeto de que no ladre tanto&#8221;.<br />
 <br />
 <br />
Era un loro y parecía un caballero —aunque quizás fuese un caballero con marcado aspecto de loro.<br />
      De cualquier forma, cierta noche en la ópera y, con objeto de confundir a la dama, echó a volar desde el palco número 4 y evolucionó largo rato por la sala entre el asombro, la algarabía y los siseos de los espectadores.<br />
 <br />
 <br />
—¡Oh, el cartero, el cartero! —Y en su precipitación de enamorada inaudita, se arrojó a la calle desde el sexto piso de su casa.<br />
      Por desgracia, la carta era lacónica y fría, no merecía la pena, y ella, durante largo rato, no experimentó interés alguno en contestarla.<br />
 <br />
 <br />
Por tratarse exclusivamente de su marido —un capitán de caballería— le llamaba al fistol, facistol.<br />
 <br />
 <br />
Ni los floricultores más enterados, ni los arquitectos especializados en la materia, ni los biólogos, ni los hechiceros lograron descifrar el enigma: yo cortaba una flor en mis jardines, la trasladaba a la biblioteca y la flor duraba lo que un suspiro.<br />
      Hasta que un hombrecillo siniestro, de ocupación desconocida, llegó a mí casa una tarde y retiró uno por uno los libros de los anaqueles. Las flores entonces se conservaron impacientes y cálidas, como en el jardín más soleado.<br />
      También dijo al marcharse:<br />
      —Y usted mismo se cuidará de ese aliento.<br />
 <br />
 <br />
El comprador de las cinco (Al vendedor de artefactos): —Quisiera una pierna ortopédica del color de estos calcetines y un terroncito de azúcar para mi señora.<br />
 <br />
 <br />
—Llore usted —le aconsejó el detective.<br />
      Pero el llanto, con ser amargo, no le reveló nada importante.<br />
      —Coma usted.<br />
      Y el horrendo crimen continuó en el misterio.<br />
      Mas cierta tarde el que investigaba le alargó un espejo, y el presunto culpable intentó dos veces consecutivas arrojarse por la ventana. Su culpabilidad era manifiesta.<br />
 <br />
 <br />
—¡Córtame por favor este hilo! —Y la esposa fue con las tijeras y se lo cortó.<br />
      Pero aquella noche no hubo recepción ni nada que se le pareciera, puesto que el farmacéutico primero, el doctor después y, por fin, el sastre, no acertaron a contener la espantosa hemorragia.<br />
 <br />
 <br />
Del solitario y nocturno cementerio se alzó de pronto una voz gutural y urgida:<br />
      —¡Tapioca!<br />
      Que fue seguida de famélicos, inescrutables y prolongados siseos.<br />
 <br />
 <br />
La evidencia y seriedad de sus sueños le divertían. La incoherencia y confusión de su vigilia lo fastidiaban. Y optó, en virtud de la experiencia, por abandonar sus ocupaciones y dedicarse en alma y cuerpo a Rosita.<br />
 <br />
 <br />
El actor abrió pesadamente los ojos y contempló el dramático y nebuloso semblante del apuntador sobre su cama. A continuación se volvió sobre el costado izquierdo, esbozó un gesto de disgusto y dejó caer en silencio los párpados.<br />
      —How beautiful is the Princess Salome tonight!<br />
 <br />
 <br />
En un <em>party </em>de fantasmas.<br />
      El andarín mudéjar: —¡Dos pares!<br />
      El perfumista fatuo: —¡Tercia!<br />
      El fraile del paraguas: —¡Full!<br />
      La estatua de terracota (A Francisco Tario) : —Oh, qué tarde más triste, amor mío.<br />
 <br />
 <br />
—¿Y qué tal que estirásemos un poco las piernas?<br />
      —La idea —subrayó el otro— me parece magnífica.<br />
      Y los dos caballeros estiraron las piernas —que eran de goma— y las pusieron después a secar en un árbol.</p>
<p><strong>© Herederos de Francisco Tario</strong></p></blockquote>
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