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	<title>juguetes-rico &amp;laquo; WordPress.com Tag Feed</title>
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	<description>Feed of posts on WordPress.com tagged "juguetes-rico"</description>
	<pubDate>Sun, 27 Dec 2009 06:57:06 +0000</pubDate>

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<title><![CDATA[La Velo Solex]]></title>
<link>http://elduendedelaradio.com/2009/03/21/la-velo-solex/</link>
<pubDate>Sat, 21 Mar 2009 08:13:47 +0000</pubDate>
<dc:creator>El Duende de la Radio</dc:creator>
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<description><![CDATA[¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?... De vez en cuando aparece una pavesa]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><div id="attachment_1559" class="wp-caption aligncenter" style="width: 278px"><img class="size-full wp-image-1559" title="velosolex" src="http://elduendedelaradio.wordpress.com/files/2009/03/velosolex.jpg" alt="¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?..." width="268" height="375" /><p class="wp-caption-text">¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...</p></div>
<p>De vez en cuando aparece una pavesa  del pasado y nos recuerda que el tiempo vuela. Suele ser un flash amable, porque la memoria es selectiva, y borra fácilmente las huellas tristes.  Hace unos días el Duende evocaba cómo a los diecisiete años dio en la mesa de trabajo de compañero <strong>Pepe Cruz Novillo </strong>con  un juguete ya imposible de encontrar en las jugueterías.  Era el autobús de hojalata de <strong>RICO, </strong>amarillo y rojo, tan patriótico, tan sencillo, tan bonito. A esas alturas de la vida, se había convertido casi en una antigüedad. Fue verlo y emprender lo que <strong>Marcel Proust </strong>describía tan minuciosamente después de morder la magdalena famosa. O sea, la búsqueda del tiempo perdido.</p>
<p>El Duende tiró de él con un cordel invisible que arrastraba una ristra de juguetes ya fuera del mercado. Otros amigos suyos miran a otro tipo de juguetes. <strong>Manuel Gasset, </strong>por ejemplo, pertinaz conservador de todo brillo crepuscular, mima con esmero un precioso <strong>Morris Minor</strong> de mitad del siglo pasado. Es de color verde, coqueto y proporcionado, fiel representante de una estética donde el utilitarismo todavía convivía las formas clásicas de las berlinas. Se abrían sus puertas y de él podía salir <strong>David Niven, Trevor Howard </strong>o <strong>James Mason, </strong>galanes ingleses de la época. Hoy el que sale -y sólo en ocasiones solemnes, como bodas y bautizos- es Manuel. Peina y viste más o menos como aquellos, porque sigue mirándose en los escaparates de <strong>Saville Row, </strong>pero se ve que es actual porque ahora lleva en su coche joyita un <strong>GPS. </strong>Renovarse o morir.</p>
<p>Este puente Manuel y Tatala, su encantadora y más que santa esposa, le habían invitado al Duende a  su bonita casa de <strong>San Sebastián</strong>. Oficialmente el pretexto era disfrutar de unos días que el <strong>INM</strong> pronosticaba soleados y tranquilos. La realidad es que Manuel quería pasar a <strong>Francia</strong> y rescatar ese ciclomotor prehistórico cuidadosamente restaurado por un manitas en <strong>Bayona</strong>. Como el Duende  también tiene el MNI  (Mastes en Nostalgias Inútiles), aceptó de buen grado.</p>
<p>Esta bicicleta con motor que transmite su potencia a la rueda delantera es negra, y  tiene una estética parecida a la de las hormigas voladoras. En realidad se asimila más a aquella motocicleta con la que los héroes del <strong>Alcázar de Toledo </strong>molían la harina para hacer el pan que a otras míticas, como las  de <strong><em>Easy rider </em></strong>o aquella otra con la que se fugaba <strong>Steve Mac Queen </strong>en <strong><em>La gran evasión. </em></strong>Pero las motos antiguas, como los juguetes, quedan en el corazón por los recuerdos que traen del pasado. Y el Duende no olvida la envidia que le daba otro amigo de los veranos de la infancia, también llamado Manuel -más bien Manolón- propietario de una Velo Solex en la que iba de <strong>Madrid</strong> a <strong>Arenas de San Pedro. </strong>Tardaba cinco horas por la <strong>carretera Alcorcón-Plasencia</strong> , y viajaba, naturalmente, sin casco, porque no era obligatorio, y no había mayor placer para el motorista que sentir el golpe de aire en la cara y respirar así  la libertad.</p>
<p>Claro que entonces éramos más que jóvenes. Y a ver quién le explica a Manuel Gasset que, a la velocidad de su flamante Velo Solex, es difícil volver atrás por el túnel del tiempo.</p>
</div>]]></content:encoded>
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<title><![CDATA[Borau, un mito entrañable]]></title>
<link>http://elduendedelaradio.com/2008/03/28/borau-un-mito-entranable/</link>
<pubDate>Fri, 28 Mar 2008 07:51:41 +0000</pubDate>
<dc:creator>El Duende de la Radio</dc:creator>
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<description><![CDATA[   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar. Por ejemplo, al Duende eso de las]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p>   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.</p>
<p>Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como <b>Daja Tarto</b>, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la <b>Academia de la Lengua</b>, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.</p>
<p>Pasaba por delante del <strong>Museo del Prado</strong> y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de <b>Velázquez</b> salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de <b><i>la rendición de Breda</i></b>. Mientras que los <b><i>niños comiendo melón de</i></b> <b>Murillo </b>dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a <b><i>las tres gracias</i></b> de <b>Rubens</b>. Tampoco era cierto.</p>
<p>Veía a los ídolos de su <b>Atleti</b> en  el viejo <b>Metropolitano</b> y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a <b>Luis Aragonés</b> de Dios, pero entonces <i>Zapatones </i>recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies <i>rizaos</i> -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres<i> </i> Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.</p>
<p>Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de <b>Clarín Publicidad</b>, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces <strong>Escuela de Cine</strong>, y ejercía de corresponsal de <b><i>El heraldo de Aragón </i></b>en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el <b>ABC</b>, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.</p>
<p>Luego se marchó, y fundó <b>EL IMAN</b>, que antes de producir películas señeras como <b><i>Mi querida señorita, </i></b>o <b><i>Furtivos</i></b> produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de <b>Juguetes Rico</b>, de <b>Coca-Cola.</b> En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  <b>Emmental </b>del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de <i>atrezzo</i> en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.</p>
<p>Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de <b>Payá, </b>que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: <i>cadete, ¿qué han tocado?</i> El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: <i>la corneta, mi coronel.</i></p>
<p><i></i></p>
<p><i> </i>Vivía en un bloque de pisos que hay entre el <b>Manzanares</b> y la <b>Casa de Campo</b> con una vieja tata que le cuidaba &#8211; germen quizás de <b><i>Tata mía</i></b><i>, </i>otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es <b>académico de la Lengua.</b></p>
<p><b></b></p>
<p><b> </b>No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.</p>
</div>]]></content:encoded>
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