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	<title>la-dama-errante &amp;laquo; WordPress.com Tag Feed</title>
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	<description>Feed of posts on WordPress.com tagged "la-dama-errante"</description>
	<pubDate>Wed, 10 Feb 2010 09:59:54 +0000</pubDate>

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<title><![CDATA[Una dama entre hoyancos]]></title>
<link>http://elduendedelaradio.com/2008/09/29/una-dama-entre-hoyancos/</link>
<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 12:02:34 +0000</pubDate>
<dc:creator>El Duende de la Radio</dc:creator>
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<description><![CDATA[Poyales del Hoyo (Foto de Joyanco) Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte ]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><div class="wp-caption aligncenter" style="width: 461px"><a href="http://fototecapoyales.blogspot.com/"><img title="Poyales del Hoyo" src="http://bp2.blogger.com/_s6FRyNObsLo/R0YI_dXVdnI/AAAAAAAADXk/Vym_8H2JJ3c/s1600/000Poyales+030B2.jpg" alt="Poyales del Hoyo" width="451" height="282" /></a><p class="wp-caption-text">Poyales del Hoyo</p></div>
<p style="text-align:center;">(Foto de <a href="http://fototecapoyales.blogspot.com/" target="_blank">Joyanco</a>)</p>
<p>Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte de heroína de cuento de <strong>Chejov.</strong> Buscaba su refugio en el campo. Soledad se crió en la vega de <strong>Antequera</strong>, pero ha ido a dar por lo que al sur de <strong>Avila</strong> llaman <strong>las vegas del Hoyo</strong>. El Hoyo es la forma coloquial con la que los paisanos hablan de <strong>Poyales del Hoyo</strong>, un pueblín tranquilo y  guapo aún no masacrado por los desmanes urbanísticos, que queda entre <strong>Arenas de San</strong> <strong>Pedro</strong> y <strong>Candeleda</strong>. Poyales se queja desde tiempo inmemorial de ser un pueblo sin término municipal. Toda la tierra que se extiende a sus haldas se reparte entre Arenas, cabeza de partido, y Candelada. A cambio, sale en algunos escritos de <strong>Pío Baroja</strong>, que en su novela <strong><em>La dama errante </em></strong>describe minuciosamente un viaje en caballerías por lo que hoy es el trazado de la <strong>comarcal Alcorcón-Plasencia. </strong>El <strong><em>impío don Pío, </em></strong>como le llamaban los observadores del antiguo <strong>Indice de los libros prohibidos,</strong> mencionaba las alcantarillas a cielo abierto de Poyales que, como en tantos pueblos con arroyos serranos, corrían por entonces sin el menor complejo contaminante. No se preguntaba en cambio el gentilicio de los lugareños. ¿Poyalenses? ¿Poyaleros? ¿Hoyeros?</p>
<p>-Hoyancos-aclara Soledad al Duende.</p>
<p>Velay, para esto sirve un blog. No te acostarás sin saber una cosa más, que decían las abuelas. Y hasta ayer no sabía el Duende que los nacidos en Poyales del Hoyo eran hoyancos. El patronímico debe pronunciarse con hache aspirada, como se habla en esta tierra, que modela una especie de extremeño-toledano peculiar. Algo así como un castellano levemente glaseado de sonidos lejanamente andaluces. Se escribirá hoyancos, pero se pronuncia <em>joyancos. </em>Lo cual al Duende le remite al pueblo de <strong>Julio César</strong> <strong>Iglesias</strong>, zamorano de <strong>Fermoselle</strong>, quien públicamente confesó en antena que a sus paisanos les llamaban <em>foyacos </em>o <em>follacos, </em>que malsuenan igual.<em> </em>Hay que ver lo que mandan determinados instintos, con lo <em>fermoso</em> que podría resultar el gentilicio de Julio.</p>
<p>Soledad es lectora de este blog, y en la conversación terminológica se le filtra la curiosidad por la aparición de Homper, del que sospecha que es un trasunto del Duende. Le cuenta éste que está entre el uno, su circunstancia y la teoría de las matriuskas literarias: el que escribe va sacando de sí criaturas que, por no dar pistas, alumbran otros hijos que, a su vez, prolongan la descendencia con la esperanza de camuflarse del todo. Homper es, sobre todo, el hombre perplejo. Y ya que va el día de gentilicios, su pregunta es cómo se llamarán los de <strong>Jódar</strong><em>, </em>los de <strong>La  Mamola</strong><strong>, </strong>los de <strong>Guarromán, </strong>los de <strong>Cabezón de la Sal</strong> y los de una aldea asturiana por la que pasó este verano que se llama <strong>Las Puercas. </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>En todo caso el topónimo no condiciona el carácter. Nadie podría imaginar si no que el alma sensible del gran <strong>Federico García Lorca</strong> también bebió de un pueblo que se llamaba <strong>Asquerosa, </strong>donde  su familia poseía tierras y él pasó muchas temporadas. Hoy Asquerosa se llama <strong>Villarrubia</strong> o <strong>Valderrubia</strong>, pero por los pueblos que han cambiado de nombre ya se preguntará otro día nuestro gestor de perplejidades. Y si es alrededor de un café con porras recién hechas, como en la mañana de ayer con Soledad, mejor. Lo recomienda el adagio latino: <em>primum vivere, deinde filosofare.</em></p>
</div>]]></content:encoded>
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<title><![CDATA[Verano del 52]]></title>
<link>http://elduendedelaradio.com/2008/08/06/verano-del-52/</link>
<pubDate>Wed, 06 Aug 2008 10:13:45 +0000</pubDate>
<dc:creator>El Duende de la Radio</dc:creator>
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<description><![CDATA[Charco Verde de Arenas de San Pedro Si uno volviera a ser niño y tuviera que elegir su veraneo favor]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><div class="wp-caption aligncenter" style="width: 442px"><img src="http://www.aytoarenas.com/images/naturaleza/charcoverde.jpg" alt="Charco Verde de Arenas de San Pedro" width="432" height="283" /><p class="wp-caption-text">Charco Verde de Arenas de San Pedro</p></div>
<p>Si uno volviera a ser niño y tuviera que elegir su veraneo favorito elegiría el que describe <strong>Gerald Durrell </strong>en <strong><em>Mi familia y otros animales. </em></strong>No sabe el Duende si es éste un libro para todas las edades o si cuando lo leyó, hará veinte o veinticinco años, aún latía mucha infancia bajo su aparente madurez. El caso es que lo recuerda como uno de los más apasionantes y divertidos de su biblioteca particular. Hubiera dado oro por atravesar marcha atrás el túnel del tiempo, reencarnarse en Geraldito y repetir la inolvidable aventura de viajar en los años veinte del pasado siglo desde su <strong>Inglaterra</strong> natal a la isla de <strong>Corfú. </strong>El libro, por lo demás, no tiene desperdicio: es la descripción  con muy fino humor de una pintoresca familia británica, una crónica de viajes retrospectiva minuciosa y amenísima, y la narración del fascinante proceso de descubrir de la naturaleza por parte de un chaval despierto y capaz de asombrarse por casi todo. Durrell habla del mar <strong>Egeo</strong>, de algún paisano que creo que se llama Spyros,  de burros, ratones, sapos, lagartos, lagartijas y peces, pero lo hace con tal genio y gracia que las criaturitas acaban siendo tan fascinantes como <strong>Ana Karenina </strong>o el comisario <strong>Maigret. </strong></p>
<p><strong> </strong>El Duende no llegaban en barco a su paraíso estival, sino en  <em>el directo, </em>un autocar que hacía el trayecto <strong>Madrid-Arenas de san Pedro</strong> por la misma carretera que <strong>Pío Baroja</strong> siguió para escribir su novela <strong><em>La dama errante. </em></strong><em>El directo, </em>normalmente cargado de paisanos y paisanas, cestos y hasta gallinas<em> </em>era infiel a su apodo, pues paraba en casi todos los pueblos. Y el viaje se hacía tan interminable como el de Durrell. Sorprendentemente uno no recuerda el calor, pero es fácil imaginar lo insoportable que se nos haría ahora un viaje así en un viejo autobús de línea renqueante con las ventanas abiertas como toda refrigeración. Una vez, al cruzar el puente sobre el <strong>Guadarrama</strong> que estaba en obras, el conductor detuvo el vehículo.</p>
<p>-Se bajen los viajeros -dijo en el mejor de los tonos posibles- Y, si no les sirve de molestia, lo pasen a pie, que la empresa no responde.</p>
<p>Todo lo compensaba, sin embargo, llegar a la casa de señor Paco, que era el casero. El señor Paco León era el guardia civil encargado de vigilar la cárcel, porque entonces en España aún había malvados y se les condenaba, qué cosas. Pero además tenía un hotelito de tres pisos. En el bajo vivia su familia y mantenían un bar con pista de baile y pikú. El del medio lo ocupaba la familia del Duende a la que se sumaban la tía Toly y el primo Juan. Y el alto estaba alquilado a otros veraneantes.</p>
<p>En la casa de al lado vivían dos gemelas que se llamaban Isabel y Pilarín, y un niño más pequeño que se llamaba Felisín. No había Cristianes, ni Sorayas, ni Vanessas entonces. Si había suerte nos invitaban a bañarnos en albercas para riego que había en las fincas vecinas. Si sólo había fuerzas -porque coches no había-nos estirábamos hasta el río <strong>Cuevas</strong>, que pasa por el pueblo, o hasta el <strong>Pelayo</strong>. Ahí había una poza natural de color esmeralda que ofrecía un baño de príncipes. Le llamaba <strong><em>el Charco Verde</em></strong><em>. </em>Junto con Valen y Toñi, n dos de los hijos del señor Paco y la señora Mercedes, íbamos a los aserraderos de pinos y cogíamos listones sobrantes para construirnos puñales y espadas de madera. Por la mañana, dábamos vuelta al manubrio de la heladera del señor Paco para fabricar la leche helada. Creo que echábamos horas, pero al final nos lo premiaban con un vasito de aquella ambrosía de dioses, deliciosa y refrescante. Eso sí, era el vaso más pequeño, de diez céntimos. Por la tarde regábamos la pista terriza para preparar el baile. Por el pikú sonaban <strong>las hermanas Fleta, <em>La Cumparsita, España Cañí</em> </strong>y puede que <strong>Gloria Lasso </strong>y <strong>Luis Mariano. </strong>En uno de esos veranos el primo Juan, que ya era un mozo y tenía una nuez prominente, se echó novia.</p>
<p>-Mira, el Juan ye le muerde la oreja a la Maribel-comentaba la Merce mientras les veía bailar agarraditos.</p>
<p>No escuchaba el rumor de las olas, como Gerald Durrell, sino el insistente cantar de las chicharras, que era el animalito que teníamos más a mano. Aquello no era <strong>Saint Tropez </strong>ni <strong>Costa de los Pinos</strong>, ni  el Duende navegaba en más barcos que los que moldeaba con la navajilla en cortezas de los pinos resineros. No era un veraneo literario, ni propio de la <em>beautifull people, </em>pero era un tiempo feliz. Quizás porque, cuando despertaba por la mañana, sólo había que pensar en jugar, y además tenía toda la vida por delante. <em> </em></p>
</div>]]></content:encoded>
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