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	<title>novela-en-acto &amp;laquo; WordPress.com Tag Feed</title>
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	<description>Feed of posts on WordPress.com tagged "novela-en-acto"</description>
	<pubDate>Fri, 04 Dec 2009 07:26:09 +0000</pubDate>

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<title><![CDATA[Por un Capítulo I]]></title>
<link>http://omargenovese.wordpress.com/2006/01/03/por-un-capitulo-i/</link>
<pubDate>Tue, 03 Jan 2006 17:59:21 +0000</pubDate>
<dc:creator>OmarG</dc:creator>
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<description><![CDATA[Qué es eso de “ganarse la vida”. Me refiero a quién se le ocurrió pensar que la vida debíamos ganarl]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p>Qué es eso de “ganarse la vida”. Me refiero a quién se le ocurrió pensar que la vida debíamos ganarla como un premio. El esfuerzo que cualquiera haga para “ganarla” es mucho mayor que lo que puede disfrutar de ella. Peor aún, si se debe descansar para recuperarse del esfuerzo, ¿qué queda para disfrutar de la vida? ¿Tiempo? No precisamente, sino cansancio. Lo que queda es más denso aún, queda un cierto hastío. La amarga sensación que de nada valió el esfuerzo más que para descansar de él. Ciclo perverso, reiterativo. Así nadie querrá ser obrero de jornal completo. Tal vez por ello cayó el socialismo soviético: había tendido su propia trampa. Mientras tanto… mientras tanto los que no están ocupados se quieren ocupar, y en la espera de eso, son desocupados. También hay quienes hacen de tal situación un oficio y trabajan de desocupados en tiempo completo. Quiero decir: duermen desocupados, viven desocupados. No tienen nada de qué ocuparse recibiendo una compensación monetaria por no ocuparse. O sea, representan su desocupación como una ocupación sin tarea alguna. Lo que hace más de un siglo demandó revoluciones y millones de muertos, hoy se ha convertido en un mamotreto innecesario: los bienes de producción o propiedad. A tal punto ha llegado la abstracción del hombre que la riqueza ya no necesita de lo producido, del bien, o de la tierra. Hoy, el rico no necesita mucho material para serlo. Y puede pensarse que es impúdico, pero basta para convertirse en rico cierta habilidad. Habilidad por la riqueza, habilidad para ocultarla, acumularla en algún lugar lejos del riesgo que significa el sentimiento de injusticia que miles de millones de otros sienten por el despojo que les toca. El rico consciente de su habilidad busca lugares distantes, fuera de las miradas rencorosas, no quiere ser objeto de revancha alguna. Se convierte en un sujeto escurridizo, como su riqueza misma. Un fantasma determinante de las diferencias. </p>
<p>Cuando la voluntad no alcanza, o se carece de ella, es que el desocupado se convierte en un incalificable ambulatorio en espacios reducidos. Sin sustento apropiado, pierde fuerzas, no puede desplazarse para cambiar su estado mismo. Queda estacionado a la espera de un cambio improbable. Vegetal entre los suyos (que ya lo miran como extraño, pues nada hace por ser útil al conjunto familiar), se abandona a los actos primitivos de todo humano, a recuperar la energía mínima para no hacer nada al día siguiente. La elongación forzosa de su existencia inútil lo vacía de pensamientos positivos, ensombrecen su figura y actitudes. Lo hacen peligroso para sí mismo, luego para los demás. Una mente maquinando lo impensable e imposible, víctima de la planicie más plana de la deseperanza. Ese desocupado puede ser una olla a presión a punto de explotar sin sentido alguno, quemando con su contenido todo lo cercano. Un hombre bomba sin explosivos reales, sino de los otros, no por ello menos dañinos o peligrosos. Riesgo cierto de explosión de odio. Eso lo sabe el hombre rico que ya comienza a pensar en cómo vaciar el territorio de su hábitat de tales seres en vías de estallar. Piensa que, al fin y al cabo, algunas tareas deben realizarlas los otros, que es inevitable tener contacto con ellos; por lo que piensa en que un pedazo de la historia puede reconstruirse para reinstalar una costumbre olvidada: la servidumbre. Con la implantación de ese estado legal (en que el humano cede parte de sus derechos de por vida a cambio de ciertas prebendas para su sustento y el de su descendientes, transfiriendo a éstos las obligaciones de la tarea) se daría forma social real, elevando una muralla humana de agradecimiento en el desgobierno de tan enorme miseria. El hombre rico lo dice para sí de manera verdadera, convencido de que su pensamiento es noble y humanitario, y que, a la larga, los países verán en ello una solución temporaria a la “presión” que la desocupación genera. </p>
<p>Verdades a medias, y a medias ninguna verdad. Así está el mundo, o este lado de la tierra, con pensadores del bien común pensando en cómo defender sus bienes inasibles, y pensadores despensados a punto de estallar. Y en el medio las distancias. El que no puede, no puede. Y sabe que lo más cerca es lo que sus piernas resisten. El otro, el que raudo se aleja, sabe que llegará lo que el combustible alcance hasta la próxima recarga. Y en América (¡Oh! América es tan pura…, es un nuevo mundo…) lo que sobra, aparte de miseria, es distancias. Tal vez por ello sea tan fácil ocultarse en éste país. Pero no se trata de escapar, sino de ocultarse, ponerse tras algo, disfrazarse o hacerse el otro. Que es, más o menos, lo que hacen los políticos, esperando alguna sobra del mantel de aquél rico, que sólo piensa en reinstaurar legalmente lo que para él es su estado de gracia con los que lo sirven. </p>
<p>En estas circunstancias extrañas (de qué otra forma puedo llamarlas, si en ellas también estoy inmerso, intentando dar testimonio de algo) hay otras gentes que piensan y hacen. Gente de acción con actitudes diversas respecto a eso de “ganarse la vida”. Comparando cantidades, éstos son la segunda minoría. Intuitivos, deslucidos, atentos a cualquier síntoma, accionan compulsivamente para seguir con esperanzas (ellos lo saben, deben estar en movimiento, nunca quedarse quietos). Decía: gente de acción, lo que no significa que las mismas tengan algún dejo de ética o al menos de moral. Todo por un “algo”, no importa de dónde proviene, es mejor en mi bolsillo que en el ajeno. Transferencia de recursos hacia un solo punto. Apropiación indebida de lo que el conjunto debe a mi destreza. Y así, cada uno de ellos, piensa en su justa causa por poco tiempo, pues primero está la acción.</p>
<p>Buenos Aires es una mancha de tinta despareja. Así ha crecido durante siglos de incertidumbre. Desde el río, a escasos kilómetros, puede verse como un paisaje con cajas de fósforos apiladas en el centro, que se achican hasta hacerse pequeños bloquecitos de azúcar, uno tras otro, confundiéndose con la curvatura de la tierra en los extremos. Y es allí donde la densidad se desarticula en terrones cada vez más pequeños, cada vez más irregulares y azarosos. Hasta parece bonita desde el agua, y quien la ve así, siente cierta necesidad de hacer puerto en ella, de ser recibido por su caótica planicie, perderse en sus escondrijos enmarañados, casi iguales entre sí, asfalto y hormigón con forma de calles. Gris y negro, tonos difíciles de adivinar en el marrón sucio del río. Una ciudad engañosa, de belleza turística difundida como logro desde su pasado musical y tortuoso, más que desde una realidad histórica conservada con aprecio: un centro del tránsito humano hacia ninguna parte.</p>
<p>Existen tres puntos cardinales para orientarse en la gran ciudad: norte, sur y oeste. El este se pierde en el río que, para el habitante, es una ausencia en espera. Infectado, hediondo, ya nadie confía su futuro a un baño reparador. No hay playas de arena. Sólo el barro jugoso del detritus mezclado con la corriente sedimentaria de un delta estancado. Y sin embargo, el hambre empuja a centenares de individuos ilusionados con el alimento de las corrientes. Pescadores improvisados se confunden en la oscuridad del atardecer, uno junto al otro, de espaldas a un aeródromo abandonado por falta de pasajeros, encarnan los anzuelos con restos de animales muertos (perros, gatos, ratas…), lanzan la línea con un esfuerzo torpe y cansino, resignados. Una breve inspección de las bolsas de plástico blancas da por resultado otro vacío tan profundo como el de sus estómagos. El río carece de vida. Otrora león, corazón de la ciudad portuaria, extingue su movimiento continuo en una densidad cada vez mayor. Los ojos de los pescadores se aplanan contra su superficie lisa, una tierra demasiado húmeda como para afirmarse, demasiado espesa para navegarla. A los frustrados de esa noche, seguirán otros hambrientos: Buenos Aires, una ciudad de pescadores por un día. Aunque muchos regresan al olvidar la experiencia anterior, en realidad regresan para ejecutar ese ritual de buscar en la naturaleza lo que el asfalto hace imposible. En el río del tránsito tampoco hay alimento, sólo una forma árida del desperdicio.</p>
<p>En eso estaba el pequeño mundo silencioso de la costanera, dando su espectáculo paupérrimo con cierta intimidad, cuando el sonido metálico y descompuesto se dispersó a la altura de todas las cabezas pescantes. Con la brisa de tierra disfrazada de chillido, todos giraron la cabeza para ver al vehículo otrora ómnibus, ahora escenario móvil de una promoción política. Un hombre supuestamente alto –suponiendo que pudiera desplegar la carga de su joroba- dejó la caña lentamente, acomodó el bulto insondable entre las piernas, escupió al piso algo verde y dijo:</p>
<p>-Llegó la limosna.</p>
<p>Arrastrando los pies, desperezando la inmovilidad de la atención dispersa en el extremo inútil de sus cañas, los pesadores avanzaron lentamente hacia el escenario móvil donde un hombre vestido en overol negro profería frases a los gritos superponiéndose a una música repetitiva: música disco en los parlantes excedidos de agudos. Dos adolescentes comenzaron a lanzar al aire bolsitas de plástico verde hacia el público silente. Los pescadores se agachaban para levantarlas del piso, lucían cierta torpeza para tomarlas al vuelo. Dentro de la bolsa tres “panes de amor”, el nuevo alimento inventado en vaya saberse qué laboratorio para paliar el hambre de las masas. </p>
<p>-¡Voten! Cuando llegue la noche recuerden: deben votar. Difundan estas palabras en sus casas, entre sus conocidos y amigos. En breve deben votar, no se olviden de ello. –repetía el hombre de overol, saltando, haciendo que sabía una danza torpe.</p>
<p>A los pies del escenario, aferrados sin clavos visibles, las fotos del candidato mostraban un rostro de bigotes extensos, cepillos en las cejas, cerdas azabache. Un peludo con grandes pozos en la piel de las mejillas. Lucía una camisa verde claro, con el primer botón cerrado sobre un cuello rollizo. Debajo, en tipografía violeta, mayúsculas, el nombre: AMOR. Pan de amor del amor. Algo contradictorio para la mirada torva que buscaba en sus interlocutores enmudecidos un recuerdo de decisión: votar. Voto por el amor. Como pan de amor. </p>
<p>Con el lento paso del distribuidor de la limosna embolsada, cada pescador volvió a hacer lo que hacía, a esperar lo que no vendría de ningún modo. Apoyando los hombros a cada lado de la columna oxidada de un farol apagado para siempre, un rubio y un moreno observaban la escena.</p>
<p>-Vamos a buscar.<br />
-Yo no como eso. ¿Sabés con qué lo hicieron?</p>
<p>Ninguno de los dos se movió de su lugar. No estaban pescando, sólo miraban el ir y venir de los seres oscurecidos por la fatiga. El rubio mira el río, levanta el maxilar señalando y dice:</p>
<p>-Está tan podrido que si el sol cayera por ahí… no volvería a salir. Viviríamos de noche, para siempre.<br />
-Yo soy la noche, hasta cuando me miro en el espejo.<br />
-Hoy estás pícaro.<br />
-No, un poco más despierto.<br />
-Vamos.</p>
<p>Comenzaron a caminar siguiendo la línea de la costanera. Las manos en los bolsillos de los pantalones. El rubio apoyando los talones y luego la punta del pie con cierta energía, el moreno con más naturalidad, pisando con la torpeza de quien no tiene interés en lo que hace, siempre al borde del tropiezo. Ambos lucen camperas de cuero. El rubio una campera corta, de tinte oscuro, alguna vez marrón. El moreno, un camperón alguna vez color crema, por debajo de las caderas, al parecer más abrigado que el de su compañero. En estos tiempos donde ya no existen vacas, ni campos con pasto, una campera de cuero es más que un símbolo del pasado, es casi una muestra de la dignidad de los antepasados, de una herencia de abrigo. Pero este no es el caso: ambos obtuvieron las camperas de manera fortuita. En sus largas caminatas nocturnas, para variación de lo invariable, eligieron el brazo helado de la autopista del oeste. Caminaban uno tras otro, alternándose, por el lateral del asfalto, delimitado por paredones de hormigón de un metro de altura (algo seguro, siempre que no volara algún objeto contundente arrojado por un apurado conductor,) hablando a los gritos por el ruido del tránsito de camiones y automóviles que corrían una carrera de ansias locas. Se decían entre sí: “son unas bestias, se van a matar”. Algo los detuvo, sorprendiéndose por lo súbito y coordinado del acto simultáneo. Volvieron la cabeza a la vez, curiosos por el silencio imprevisto. Un hecho tomaba forma en ese instante, primero como pausa del trabajo de motores y ruedas, luego como gesto de un vehículo que –saliendo desde atrás de un camión- aceleró aún más para levantarse del piso como una nave de combate en pleno despegue. Con la trayectoria comprometida por vaya a saberse qué artilugio de la geometría, el Volkswagen Super Polo TDRi Turbo 48V, 6 litros de cilindrada (nombre descriptivo y rimbombante como pocos), color rojo, levantó su masa tomado por una mano invisible, elevándose más y más hasta casi seis metros de altura.</p>
<p>-Parece un helicóptero.-dijo el rubio. </p>
<p>Vieron con claridad dos figuras paralizadas en su interior, el conductor y el acompañante estaban fijados a sus asientos por el impulso. Un destello de luz de otro camión que venía por el carril de sentido contrario, marcó el contraste mínimo y necesario para dejar ver cómo el acompañante extendía su brazo derecho para aferrarse al tablero del vehículo. Un movimiento último, instintivo, sin sentido, en ese otro desplazamiento grupal hacia la columna que sostenía el puente sobre la autopista. El Volkswagen llegó a la altura precisa para impactar con el techo, mirando hacia abajo, en el justo límite entre la columna y la estructura de hormigón que sostenía el asfalto del puente. No fue ruidoso el golpe, o eso les pareció en la sorpresa del espectáculo. El auto cayó de punta contra la base de la columna, abriéndose las puertas, dejando colgar los dos cuerpos, como si alguien los empujara desde el interior. El rubio y el moreno empezaron a correr hacia el lugar, creyendo que nunca llegarían, no sabiendo precisamente para qué corrían. Los restos del accidente yacían en el medio de la autopista, en un espacio exacto donde el tránsito no se veía interrumpido, al punto que los que venían por la mano contraria al sentido al accidente no tenían indicio alguno de lo sucedido. El problema, ahora, era cruzar el asfalto pintado con líneas que delimitaban las seis manos del tránsito. Se pararon los dos muy juntos, las nalgas pegadas contra la divisoria de cemento, las espaldas hacia atrás, más para soportar el aire que los camiones desplazaban por la mano inmediata a ellos, que por tomar impulso para cruzar. Nada se movía en el vehículo, pero sabían que el incendio era inevitable. </p>
<p>-Ahora se les ocurre pasar a todos. –dijo a los gritos el moreno.<br />
El rubio observaba atento los faros de los que venían, calculaba, columpiándose.<br />
-A la voz de áura.<br />
-Dale.<br />
-Áura.</p>
<p>Con largas zancadas llegaron al otro paredón de cemento, saltando para guarecerse de un indefinido automóvil gris silencioso, más rápido aún que el destruido y despanzurrado reciente.</p>
<p>-Fijate en ese, yo en el otro.<br />
Tocaron los cuellos de cada cuerpo. No había latido alguno. Buscaron en los bolsillos de los cuerpos, extrajeron las billeteras.<br />
-Las camperas –dijo el rubio. Y comenzaron a desvestirlos, con mayor dificultad con el conductor pues era bastante gordo. Cada uno con una, cruzaron la otra mano de la autopista con mayor facilidad, ya que a esa hora son más los que vienen que los que van. Comenzaron a caminar lentamente, recuperando la respiración, cuando se escuchó la explosión del combustible. Una llamarada amarilla envolvió el rostro del rubio cuando se volvió, el moreno seguía marchando hacia el montículo que los sacaría de ese circuito extremo. Trepando la empinada tierra seca, al llegar a la altura del puente, se sentaron, uno junto al otro, mirando la serpiente extensa iluminada por focos azules, demasiado intensos. Allí la humedad de la noche los rodeó y estrenaron las camperas.</p>
<p>-¿Me queda bien? –preguntó el moreno.<br />
-Todo un galán.</p>
<p>Ninguno de los dos quería irse. Merecían ese descanso, disfrutar la tibia respuesta del cuero sobre sus humanidades agitadas. El humo subía denso desde el revés del puente, hacia arriba, como si una chimenea invisible alineara la conducta del fuego. En Buenos Aires ya nadie se detiene ante un accidente. La autopista no está diseñada para frenar y ayudar a alguien. Es que las velocidades ahora son enormes, y todos los conductores saben que un accidente no deja sobrevivientes. Cuando ocurre y se presenta como obstáculo para el tránsito, los que se encuentran sorprendidos en él sólo se dejan ir. Con suerte serán sacados entre los hierros retorcidos por bomberos y policías, que pueden llegar hasta allí gracias a la interrupción del embotellamiento. Mientras tanto, si alguien se sale del camino y todo puede continuar, a nadie importa más que seguir raudo en su sentido. </p>
<p>-Ricardo –dijo el moreno-, con esta campera ahora soy un feo digno.<br />
-Y yo, Luisito, un actor sin cámara que me filme.<br />
-No me gusta que me digas “Luisito”… ya estoy grande para los diminutivos.<br />
-Cierto, no te ofendas. Se me escapó.<br />
-Está bien.<br />
-Está…</p>
<p>Hubo una segunda explosión, tras la cual el humo se hizo más intenso, formando una nube quieta sobre el lugar. Casi un hongo oscuro flotando sobre la noche sin estrellas, no porque no existan, sino que ya no son visibles. En esta ciudad la oscuridad nocturna brinda dos indicios del clima que se prepara en las alturas: llueve o no llueve, así de simple. Y en ese momento era tiempo de sequía opaca, pero con cierta humedad al hablar, que hacía un humo blancuzco de palabras.</p>
<p>-¿Volvemos?<br />
-Bueno, se hizo tarde.<br />
-Siempre llegamos tarde… Rick.<br />
-Con esta campera me queda bien el nombre reducido. Sos ingenioso, y yo menos puntilloso que vos.<br />
-Virtudes y defectos tenemos todos.<br />
-Cierto.<br />
Guardaron un silencio cómplice antes de pararse.<br />
-Ya no se ve el horizonte en las fotografías.<br />
-Tenés razón Rick, es cierto.<br />
-Buenos Aires parece una pintura japonesa. Llena de objetos, colores y sujetos por hacer algo.<br />
-Y después no pasa nada.<br />
-Tragedias. No más. Formas terribles de encontrar la muerte.<br />
-Si lo decís por el auto, se la estaban buscando.<br />
-Lo digo un poco por todo. Cuando cruzamos entre el tránsito teníamos un futuro trágico.<br />
-Riesgoso. La vida está llena de riesgos. Y ahora tenemos campera.<br />
-Muy pragmático Luis, como siempre…<br />
-Tengo hambre.<br />
-Es difícil encontrar algo abierto a esta hora.<br />
-Algo pasará, siempre decimos lo mismo.<br />
-Un poco repetitivos, hay que encontrar variantes para no aburrirnos. Vamos.</p>
<p>Miraron por encima del puente, por donde se perdían las dos cintas de asfalto. Luces blancas viniendo, luces rojas huyendo espantadas. Comenzaron la marcha sabiendo que el camino comienza y termina en cualquier parte, morosamente. </p>
</div>]]></content:encoded>
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<title><![CDATA[Por un comienzo de novela]]></title>
<link>http://omargenovese.wordpress.com/2006/01/03/por-un-comienzo-de-novela/</link>
<pubDate>Tue, 03 Jan 2006 17:58:12 +0000</pubDate>
<dc:creator>OmarG</dc:creator>
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<description><![CDATA[El mundo comenzó mucho antes de lo que estima la historia y, tal vez, mucho después de lo que supone]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><p>El mundo comenzó mucho antes de lo que estima la historia y, tal vez, mucho después de lo que supone la ciencia. Igualmente, para ambas, las pruebas de un pasado común a todos los hombres se reducen al primero que documentó su propia existencia. Ese monje, príncipe o sabio inconsciente, tuvo la osadía de “pintar” una superficie cualquiera que pudo ser piedra, hojas secas prensadas, madera o una tabla hecha de arcilla roja. Una primera página inundada de caracteres comunes a sus contemporáneos, donde la decisión del escriba tomó forma de frases iniciales irrefutables, pues él ganó de mano a todos. Él fue el que todo lo inició, hasta lo que llamamos con cierto afán de posteridad “nuestros días”. Ese sencillo gesto de atrapar el viento de los labios, de pasar un sonido a gesto de la mano, no fue más que una trasncripción que lo llenó de orgullo e incertidumbre: habrá pensado –por qué no- que algo extraño vendría después. Algo para lo cual la humanidad toda no estaba preparada, y en lo que se sentiría atrapada por siempre.</p>
<p>El fuego del tiempo todo arrasa, y lo que quedó como testigo de aquel hecho no es más que una duda tan infinita como la suma de todos los que piensan y pensarán en ella: ¿ese hombre tuvo herederos? ¿Legó ese primer intento de escritura a alguien? ¿O la muerte lo sorprendió para abandonar el secreto como un documento apócrifo? Y si fue así, ¿sus descubridores descifraron lo escrito para luego imitarlo? El pasado es cruel con nuestras vidas, con la sumatoria de ellas y, peor aún, con ese viaje incierto al que por uso y maltrato llamamos destino. Hoy podemos calcular las cifras exactas que separan un hueso animal de “nuestros días”, hasta se pueden precisar los vínculos entre especies, teorizando acerca de la verdad sobre tal o cual catástrofe que cambió el planeta para un siempre relativo, expuesto a un sol implacable tras un cielo cada vez más fino e inestable. Y los hombres están para testimoniar lo que nunca vieron, lo que no vivirán, hablando, escribiendo, gesticulando sobre implacables imposibles.</p>
<p>Ningún documento quedó sobre aquél primer hombre que se atrevió a escribir. Eso es importante, hay que tenerlo en cuenta. Sin saberlo, tal vez, fue el que inició el significado de la palabra soledad. Nadie más que él sintió la plenitud del término, o solamente sintió la diferencia de haber concretado un sueño. Pero él se percibió distinto de sus pares: volvía, una y otra vez, a su caverna íntima, secreta (imagino ese lugar como propicio para alejarse de la actividad de una aldea bulliciosa por la supervivencia y el territorio a defender), rozaba con la punta de sus dedos la superficie escrita, y veía en ella un reflejo de sí que no era él. No le importaba lo que pensaran o sospecharan, él volvía y perdía el tiempo observando. Tal vez murió de hambre por ello, pues la fascinación por su obra le obnubiló por completo, alejándolo de la caza o el cultivo indispensables. Pero nada quedó de su sufrimiento más que el objeto de su desvelo. ¿Lo habrán llamado brujo? ¿Habrán sospechado de él cierta conexión con los muertos? Ese vulgo informe que construía la aldea lo pudo excluir por las sospechas, y es muy probable que no haya pasado lo contrario: que lo consideraran un elegido del viento de los hombres. De aquella deidad que les había dado el habla, los cuerpos, el dolor y el miedo mismo, no podía ser representante. Al fin y al cabo, era un hombre como ellos. Y por siniestro su saber fue omitido para siempre (otro siempre que aparece, como un estigma de la conclusión inevitable), de un golpe certero, por la espalda. Así la aldea recuperó la calma omitiendo al cronista para dedicarse a tareas infructuosas como reproducirse, organizarse, hacer la guerra. Pero quedó el documento escrito por otro tiempo, un poco más extenso. Hubo acólitos, hubo noches enteras de debates de otros hombres, y hubo imitadores de aquél. A los hombres siempre les gustó la idea loca de perdurar después de muertos. Algún poderoso creyó en sí como invalorable y encerró en su tarea a otro escriba para que lo inmortalice, o lo haga indestructible por medio de la escritura, colocándolo fuera del alcance de sus enemigos. Este segundo esclavo del texto garabateaba hasta inventar nuevas palabras, extendiendo el tiempo de trabajo una y otra vez: quería escapar a la muerte como corolario de su obra, pues el poderoso lo eliminaría ni bien terminara el documento que daba fe de su existencia. Nadie más que él podía beneficarse con esa magia. Pero el esfuerzo fue en vano y la muerte lo halló en plena tarea, también por la espalda. Quedó de él otro documento, más elaborado, descriptivo, puramente documental, elogioso. El poderoso erigió un monumento en su nombre propio y dentro depositó la escritura de ese muerto reciente. Las generaciones venideras venerarían su grandiosidad, leerían allí lo que él fue. La progenie imitaría su semejanza con las palabras, su poder eterno estaba asegurado. </p>
<p>No por casualidad a veces ocurre lo que ocurre, y la vanidad obra como un contrapeso natural de las circunstancias. Tanta crueldad del poderoso suponía una venganza del operario de las palabras. Algo mascullaba mientras escribía esforzándose por ser preciso y asegurarse el plato de comida, cultivando una esperanza tibia de escapar a la condena. Fue así que, sabiendo que llegaba su final con el final de la obra, garabateó un nombre a cierta distancia del último párrafo. Era su nombre. Como el poderoso no sabía escribir, y como en realidad temía leer ese documento consagrado por la sangre de su realizador, quedó el autor grabado en ese otro “para siempre” final. Pasaron pocos años para que el mando cambiara abruptamente en la aldea y las batallas borraran el nombre de un gobernante tan engreído en su propia imagen. Pero el escrito quedó, y las generaciones posteriores confundieron los términos del pasado, intercambiaron ignorancias por certezas, temores por angustias, y lo que fuera un principio de pequeño reino entre embrutecidos pobladores fue una ciudad fortificada, rebosante en riquezas, cuyo nombre era el del escriba firmante del homenajeado documento. Ese nombre viajaba en las voces más diversas por distantes regiones, desconocidas, peligrosas. Tal fue la fama de la fortaleza que despertó la codicia de pueblos alejados. Innumerables batallas, sufrimientos y dolores sufrieron otros hombres a manos de nuevos poderosos obsesionados con poseerla. El nombre de esa ciudad era el símbolo de la pesadilla y del rencor. El viento de los hombres, sus palabras indocumentadas -como un malentendido de proporciones escalares- incitaban a la ofrenda de sus propias vidas por el nombre de aquél que había sido condenado por un saber en ciernes.</p>
<p>Confusiones, desaciertos, torpezas mediante; los pueblos reunidos en extramuros unieron sus fuerzas para repartirse el botín. El último ataque fue intenso, casi interminable como el odio acumulado por tan difícil empresa. Finalmente, cedieron las defensas y la marea humana cruzó los límites: incendió, saqueó, violó y asesinó a todos los sobrevivientes de la batalla. Algunos pocos, tal vez descendientes del poderoso encarnado en texto, se habían refugiado en el monumento que guardaba el escrito fundacional. Tras la inmensa puerta disimulada en un lateral, temblaban escuchando los gritos de dolor, los insultos en idiomas desconocidos, los golpes certeros en otros cráneos. Y ocurrió lo que debía ocurrir, con la morosidad resultado de la curiosa mezcla de odio y ansiedad del invasor: no tardaron en descubrir la puerta e inferir que tras ella algo valioso se ocultaba. Los jefes militares debatieron cómo abrirla, cómo derribarla, hasta que un soldado de mirada desquiciada sugirió utilizar un tronco, en lo que fue tal vez el inicio de la ingeniería de demolición. Bastaron tres golpes y más de cien hombres empujando el madero enorme. Iluminados por la bruma soleada de la transpiración de tantas ansias, las víctimas vieron su final marcado en el piso. Uno a uno vieron la propia sangre confundirse en el polvo pisoteado. Enfurecidos, no saciados con la ejecución, revisaron la estancia en busca de tesoros. Nada en ella había más que un pedazo de cuero repleto de garabatos, apoyado de manera solemne en una piedra con forma de cubo perfecto, sobre un lienzo cuyo blanco languidecía en tonos amarillos irregulares. Inconsciente de su valor –y porque para él nada valía ese cuero seco- un soldado lo blandió a los jefes para significar la poca cosa hallada, tan poca como las víctimas recientes. Éstos dieron la espalda y salieron del monumento, debían continuar la búsqueda o discutir quién plantaría bandera de sus dominios. El soldado miró el cuero, lo revisó con sus sucias manos una o dos veces más. Defraudado, salió con él a la luz donde el saqueo era más que intenso, preciso y métodico. Vio cómo se formaba una pira de maderos para quemar los cuerpos de algunas víctimas, cómo se encendía la llamarada abrasadora, y fue hacia ella para arrojar -como si fuera algo natural en su signficado- el cuero escrito. Se detuvo un instante para verlo consumirse, pero un grito retornó su sed de sangre: lo llamaban para otra obra brutal con cinco mujeres ocultas en un pozo, bajo el piso de una choza.</p>
<p>No quiero con esto exagerar el resultado del esfuerzo humano (ya para eso existe el presente que nos resulta inevitable), pero la historia ha sumado más ignorancias y ambiciones desmadradas que un volcán lava para continuar con el crecimiento del terreno. Lo que antes había, ya no está. Y por más que cavemos buscando el significado de aquello tan lejano, nada encontraremos. Sólo podemos imaginar la nada, aunque nunca nos alcance. </p>
</div>]]></content:encoded>
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